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De ‘Actuar para Vivir’ a ‘Odiar para Vivir’: la mutación cultural en la era digital

Un análisis sobre cómo la canción de Fito Páez y Juan Carlos Baglietto, emblema de la transición democrática argentina, contrasta con la lógica actual de las redes sociales, donde el algoritmo premia la confrontación y el odio se convierte en insumo.

En la cultura analógica de los años ochenta existían límites claros: un escenario, una platea, un inicio y un final. Hoy, el algoritmo exige reacción constante y ha transformado la dinámica social. Un recorrido desde la emblemática canción ‘Actuar para Vivir’ hasta el fenómeno contemporáneo del ‘odiar para vivir’ permite observar esta mutación.

Durante la guerra de Malvinas, cuando las radios solo pasaban música en castellano y los rockeros reunían multitudes en el Festival de la Solidaridad Latinoamericana o en el B.A.Rock, la figura de Juan Carlos Baglietto irrumpió con fuerza. Tras su consagración en el Festival de La Falda, al frente de la ‘Nueva Trova Rosarina’, editó en menos de un año dos discos que marcaron una época, con canciones como Mirta de Regreso, Era en Abril o La vida es una moneda. A su alrededor explotó una generación de músicos —Fito Páez, Rubén Goldín, Silvina Garré— que renovó el lenguaje del rock argentino.

Esas canciones trascendieron su tiempo. ‘Actuar para Vivir’, compuesta por Páez, nació en un ámbito analógico donde era posible subir y bajar un telón, con escenarios y plateas delimitadas. En la Argentina de la transición democrática, ‘actuar’ tenía múltiples significados: protección, disimulo, supervivencia, pero también un puente hacia la recuperación de tiempos perdidos.

Décadas después, esa lógica parece haber quedado atrás. El mundo digital exige disponibilidad continua. Las redes sociales demolieron las fronteras: todos somos autores, actores, espectadores, comentaristas y mercancía sobre un escenario permanente. Estamos impulsados a opinar, reaccionar y multiplicar contenidos dentro de sistemas diseñados para capturar atención instantánea.

Pocas cosas atraen más que el conflicto. La indignación suele poder más que la curiosidad. La humillación, la agresividad o el resentimiento generan más circulación que la moderación. El enojo y la burla fidelizan usuarios. El antagonismo incrementa interacciones. El odio, identificado con ignorancia, temor o prejuicio, dejó de ser una pasión para convertirse en un insumo. Existen ecosistemas económicos, sociales y políticos creados a partir del resentimiento.

Medios de comunicación, dirigentes políticos, influencers, streamers y operadores usan el conflicto como combustible. La antigua frase de Páez y Baglietto parece haber mutado a ‘odiar para vivir’. El desprecio, la cancelación, el tribalismo ideológico y la indignación pseudo moralista construyen identidades por enfrentamiento. La legitimidad institucional pierde capacidad de ordenar la dinámica social.

Surgen preguntas sobre si las sociedades pueden sostener niveles extremos de excitación emocional negativa y si es posible la convivencia sin consensos compartidos. Los grandes actores de la cultura digital diseñan sistemas binarios que acotan la reflexión, premian la simplificación y restringen la duda. Cada debate exige posicionamiento inmediato. El odio reduce la realidad a pocas opciones y produce sentido instantáneo, pero erosiona gradualmente la convivencia.

En los años ochenta, cuando había que actuar para vivir, existía distancia entre actor y espectador. Hoy, cuando los avances tecnológicos podrían permitir pasos impensados, el odio representa un obstáculo para formas auténticas de comprensión colectiva. Nunca hubo tantas posibilidades de comunicación y, sin embargo, nunca pareció tan difícil construir entendimientos públicos genuinos.

Quizás por eso volver a escuchar ‘Actuar para vivir’ produce una profunda emoción y sirve de antídoto. No solo remite a la transición democrática y a la sensibilidad de la Trova Rosarina, sino que pertenece a una época donde todavía parecía posible distinguir entre vida y representación, y donde la sociedad conservaba la esperanza de encontrarse fuera del espectáculo. Quizá, pese a tanta cerrazón, esa utopía todavía nos esté aguardando.

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