A cien años de su nacimiento, el legado del trompetista sigue vigente. Desde el bebop hasta el jazz modal, su búsqueda constante de nuevos horizontes musicales marcó un antes y un después en la historia del género.
Keith Jarrett recuerda que cuando tocaba junto a Miles Davis, al salir al escenario este les decía a sus músicos: “toquen como si lo hubieran olvidado todo”. Ese olvido es un tanto enigmático. Parece un mal consejo y, a la vez, lo mejor que se le puede decir a un músico. Es acaso, en lo que se toca, en lo que suena, el sonido del olvido lo que se escucha, ese modo en el que una distracción voluntaria conduce a la belleza que ni el más riguroso método puede alcanzar.
Por supuesto que lo dicho no se refiere a lo que cada uno debe hacer, sino más bien a cómo debe hacer lo que hace. En realidad, es como si en el olvido existiera la posibilidad de ser uno mismo, gesto generoso de Davis, que siempre supo rodearse de excelentes intérpretes y sacar de ellos lo mejor. En esa demanda de olvido tal vez les pedía que no hicieran lo que sabían hacer, sino que se entregaran a una suerte de aventura del sonido. Como la que él, a lo largo de cincuenta años, transitó a fuerza de no parecerse a nada, ni a él mismo de una década a otra.
Íntimo y melancólico, lírico y por demás ensoñado, cuando no sumamente melódico y reconocible, Davis forjó un sonido que, de tan particular, se permitió siempre cambiar y ser el mismo. De nuevo, presencia y simple desaparecer. Otra vez, sorpresa por la irrupción y agrado al esfumarse. Crease o no, este año, ese sonido cumpliría un siglo de asombro.
Desde sus inicios en el frenético bebop, al influjo de la música contemporánea en el arranque de la década del cincuenta, pasando por el quinteto que grabara en Columbia Records y que dejara despuntar sus solos prolongados y melódicos, arribando así a la experiencia del jazz modal que Kind of Blue, de 1959, registra de manera magistral junto al saxo de Coltrane y el piano de Evans, Davis es acaso el músico de jazz que más versiones de él ha perfilado por los escenarios.
Sobrio en sus comienzos, simulando pasar por un blanco a regañadientes con traje y corbata, hasta llegar a los giros afro y los avances del rap en sus camisas abiertas y sus lentes estrafalarios, la metamorfosis es tan obvia que parece como si el genial trompetista viniera naciendo infinidad de veces. Más que un músico parece entonces un intérprete de sí mismo, de sus orígenes, sus obsesiones, sus miedos y su genialidad. Un intérprete que se propuso la persecución del sonido porque acaso las musas, esquivas y huidizas, tuvieran esa forma etérea.
Con él todo subía al escenario, nada quedaba abajo. Y cuando uno dice todo, sorprende que hasta el silencio lo hiciera. Pasar de lo expresivo a la contención propia de una frase que parece descompuesta en su ejecución es ciertamente una aventura. Davis lo hacía, y se valía de ese silencio que, entre nota y nota, tocaba para dejar que se escuche como un protagonista más. Si uno presta atención a esos momentos, en compañía de los demás músicos o en la más absoluta soledad, es posible escuchar el silencio de su ejecución cual el puente por donde la música se conduce.
Y en ello, el amor por la belleza y el dolor ante la segregación racial también se dejan oír. Son el fondo huidizo de una referencialidad fantasma que atraviesa su música. Acusado de sofisticado, cuando no de intelectual por incorporar la tradición europea que admiraba, y por supuesto, festejado por revivir las raíces negras que en los setenta prefigurarían toda la música urbana que vendría, Davis también supo padecer el castigo de matizar el jazz a niveles que lo hacían audible para un público que no se reducía solo a un gueto, palabra que siempre detestó.
Decir que su sonido se alivianó en piezas como “It never entered my mind”, donde ejecución y sentimiento adquieren un control admirable, es desconocer la capacidad de transformación que todo artista debe tener. Ese mismo estilo de ejecución relajado, que con el tiempo se volvió un miedo a la exposición —tocaba de espaldas, desaparecía, abandonaba por cinco años los escenarios y se dedicaba solo a pintar— le valió un público amplio a pesar de todo, el que terminó desde ya perdonándole la licencia extraordinaria que se daba.
Dejando de lado la perfección, pero sin que nada arruinara la elegancia del sonido que buscaba, él prefería siempre una emoción pura y propia, lo distintivo de un artista que encuentra en ello el sello particular de volverse un estilo, una marca, la atmósfera que con él llega. Uno podría decir que en el fraseo de la trompeta de Davis hay dos cosas a tener en cuenta. Primero que nada, la introspección que alcanza, casi al modo del bandoneón en el tango que hace de lo litúrgico de su sonido una verdadera tragedia; pero también, lo conversacional que supo sacarle a la trompeta. Sus diversos sonidos parecen coloquios endemoniados, largos parlamentos de una filosofía de la belleza que puede prescindir en su exposición de ejemplo alguno.
¿Qué escucha uno entonces? Tal vez un murmullo lunar venido de un lugar lejano en el futuro. O por qué no la música del ascenso de toda imagen hasta desaparecer, desvanecer, ya sea en el silencio o en la memoria.
