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Identificados cuatro de los cuerpos que se trata de exhumar en el Valle de los Caídos

Ha querido la casualidad que, de los 128 cuerpos que buscan los forenses en el Valle de los Caídos porque los reclaman sus familiares, hayan sido los restos del padre de Fausto Canales los primeros en poder ser identificados, con otros tres, en el primer hallazgo confirmado desde que, el pasado 12 de junio, se reabrieron los enterramientos de Cuelgamuros.

El trabajo de exhumaciones encargado por la Secretaría de Estado de Memoria Democrática ha empezado a dar fruto legal, y no solo físico, con la confirmación de identidades para cuatro de los esqueletos hallados. Los huesos del jornalero y sindicalista de UGT Valerico Canales, natural de Pajares de Adaja (Ávila), tiroteado el 20 de agosto de 1936, han pasado el examen de ADN del equipo científico desplegado por Presidencia del Gobierno en el recinto monumental franquista.

Este miércoles ha recibido su hijo Fausto la confirmación de que, efectivamente y como él sostenía desde hace 20 años, estaban en la caja 198 de la cripta del Santo Sepulcro de la basílica.

Fausto Canales, pionero en la exigencia de exhumaciones de restos de republicanos enterrados en el Valle de los Caídos, ha encontrado a su padre, Valerico, asesinado en 1936. AGUSTÍN CATALÁN

Ese convencimiento era fruto de más de 20 años de pesquisas, una búsqueda que llevó a Canales a pedir justicia en Estrasburgo, incluso a una magistrada argentina. En el gran colectivo español de la pelea por la memoria histórica, Fausto Canales, a sus 88 años, es una figura de referencia. Es el pionero de la reclamación por el derecho de particulares a exhumar a sus antecesores enterrados por la dictadura, sin aviso y sin permiso de las familias, en el monumento que inauguró Francisco Franco en 1959. A ello se ha dedicado de lleno desde que pasó a la jubilación, hace 23 años.

Esqueletos removidos

«Ahora parece que sí, que puede ser antes de que acabe el mes… Pero nadie nos dice nada”, especulaba Fausto Canales en conversación con EL PERIÓDICO, del grupo Prensa Ibérica, el pasado 7 de mayo. Los restos examinados y comprobados son de momento cuatro: a los de Valerico Canales se unen los del ama de casa Flora Labajos y los de los también vecinos de Pajares de Adaja Román González y Emilio Caro. En la caja 198, semideshecha por la humedad, habían metido los enterradores los cuerpos reducidos de 12 asesinados porcedentes de dos fosas comunes, la de Aldeaseca y la de la localidad madrileña de Fuente el Saúz. Aún están por identificar tres víctimas de la localidad abulense: Ángel Maroto Sáez, Antonio García Martín y Gerardo Ruiz Martín.

En este hallazgo no están los restos completos, pues Cuelgamuros no fue el primer lugar de inhumación. A Valerico y otros seis desgraciados los mataron en una cuneta de la carretera que lleva a Madrigal de las Altas Torres, y sus cuerpos fueron arrojados al fondo de un pozo extinto en el término de Aldeaseca. Allí fue donde los encontraron las familias tras conseguir romper algunos silencios que durante decenios habían sido impenetrables.

Pero cuando los parientes llegaron al pozo solo quedaban algunos dedos, un cráneo incompleto y alguna vértebra dispersa. También estaba el dedal de Flora. El enterramiento había sido removido en 1959 cuando el gobernador civil de Ávila -como el resto de prebostes provinciales de la época- ordenó recoger a los republicanos fusilados para llevarlos al Valle de los Caídos. Y así se hizo, pero, como en el resto de exhumaciones, sin previa conversación con las familias: en este caso una decena de viudas y 40 huérfanos, saldo de aquella razzia del 20 de agosto de 1936.

Fausto Canales comprobaría que esos restos desaparecidos habían ido a parar al Valle de los Caídos muchos años después, cuando, mirando una foto histórica de los trabajos de construcción del monumento, se fijó en el detalle de que en uno de los cajones negros de madera que manejaban los operarios, el 198, figuraba el nombre de Aldeaseca.

Última espera

Los familiares de los asesiandos de Pajares de Adaja han emitido un comunicado expresando su satisfacción. Para ellos «el llamado Valle de los Caídos» es «lugar funesto, ingente fosa común, con significación radicalmente contraria a los ideales por los que mataron a los nuestros e internacionalmente considerado como expresión máxima de la megalomanía y vesania del dictador».

Esa nota hecha pública este miércoles, la primera que celebra en España una exhumación particular en Cuelgamuros, concluye recordando a «las viudas y viudo, a las hijas e hijos, a todas las víctimas que fallecieron sin poder hacer el duelo debido y pasaron su vida en un silencio humillante, en un llanto escondido, en un miedo constante». 

La satisfacción de Canales se ve enturbiada por una de sus heridas más recientes. Su hermano menor murió el año pasado sin poder ver cumplido el deseo de recuperar al padre y enterrarlo en el pueblo. Canales contó a este diario su temor a que los trabajos en el Valle de los Caídos -que llevan siete años de retraso desde que un juez de San Lorenzo de El Escorial (Madrid) reconoció el derecho al digno enterramiento de los anarquistas Manuel y Antonio Ramiro Lapeña– se vieran interrumpidos con un cambio de gobierno. No ha sido así, no al menos para él.

Aún queda tiempo, no obstante, para realizar su plan de llevar el cuerpo del padre al monolito que en el cementerio de Pajares de Adaja tienen levantado los familiares de los republicanos fusilados. El ministro de Presidencia, Félix Bolaños, le ha dicho a Canales que los restos no serán entregados hasta pasado el 23 de julio, como confirma a este diario el Ministerio de Presidencia.

Será entonces cuando Fausto Canales pueda poner punto y final a la misión que se autoimpuso hace ya tantos años. A lo largo de su peripecia peleando contra el Estado, Patrimonio Nacional, los tribunales y los benedictinos que custodian el Valle de los Caídos, Canales ha reunido un retrato repleto de detalles de la España postfranquista. En una ocasión, estando a solas en la basílica horadada en la roca de Cuelgamuros, se encontró con uno de los monjes. Le abordó, y le dijo que él tenía allí un difunto asesinado en la Guerra Civil y que le gustaría recuperarlo. El monje le contestó: «Yo también perdí una hermana en la guerra. La mataron en Madrid, en un bombardeo». Y no hubo más conversación.

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