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Cuando vuelva a crecer la hierba en el sendero de mi casa

Cuando vuelva a crecer la hierba en el sendero de mi casa.

Cuando vuelva a crecer la hierba en el sendero de mi casa.

El título de este artículo es la respuesta que el escritor japonés Kenzaburo Oé le dio a un periodista que le preguntó cuándo volvería a escribir después de que el autor de ‘Cuadernos de Hiroshima’ llevara un año sin hacerlo, obligado a atender a los múltiples compromisos que comporta el Premio Nobel de Literatura que le habían concedido. Pensaba estos días en ello viendo a mi amigo y paisano Luis Mateo Díez atender a los del Premio Cervantes, él, que siempre ha sido un hombre discreto y de baja exposición social.

Para ser escritor hay que ser maleducado, le leí a Jean Paul Sartre una vez, pero tardé en entender esa declaración y aún hoy me cuesta aceptarla, pues mi carácter no es precisamente ese. Pero algo hay de verdad en esa afirmación sartriana tengo que reconocer, pues mi experiencia me dice que los reclamos de la sociedad van en relación directa a la necesidad que el escritor tiene de escribir y sus lectores de que siga haciéndolo. Ahí es donde se establece el dilema: si aceptar por educación (o por gratitud, o por oportunidad, o por la razón que sea) las invitaciones que continuamente le llegan al escritor o ser un maleducado como aconsejaba Sartre y no hacerles caso. No es fácil responder a esa cuestión, pues no todas las invitaciones y requerimientos son de la misma naturaleza ni tienen la misma intención, al revés: las hay de todos los tipos, por lo que la respuesta no puede ser general.

Llegan ahora las Ferias del Libro, esas celebraciones al aire libre primaveral que reúnen en jardines o en las plazas a libreros y lectores y que tienen en la firma de libros de los escritores uno de sus principales reclamos. Así que al escritor le llueven las invitaciones, lo que le obliga a tomar una decisión respecto de ellas. Si las acepta todas no hará otra cosa que ir de feria y en feria como un feriante tradicional durante semanas y, si rehúsa unas y otras no (o peor: las rechaza todas), corre el peligro de no ser entendido por los organizadores. Porque muchos se consideran, desde el momento en el que le hacen la invitación, sea de la naturaleza que sea, de disponer del tiempo del escritor, bien porque este haya aceptado la invitación (lo que no significa que con su aceptación el escritor autorice a su anfitrión a disponer de él a su conveniencia), bien porque la haya considerado simplemente. Se supone que dentro de sus obligaciones el escritor y el artista tienen la de atender a todos los requerimientos sociales y periodísticos que se les haga y eso no es verdad.

Cada escritor y cada persona es libre absolutamente de disponer de su tiempo como desee sin tener que por ello estar dando explicaciones o disculpándose continuamente. En cualquier caso, lo que no le es exigible es tener que ser un maleducado para poder disponer de su tiempo y de su libertad. A un escritor o a un artista (como a cualquier otra persona, se dedique a lo que se dedique) lo que hay que hacer es respetarle y dejar que sea él el que decida lo que hace y lo que no fuera de su trabajo. Premiarle por él o manifestar admiración por sus obras no autoriza al que lo hace a considerarle en deuda. Ni, por supuesto, a – con esa justificación – considerarse con el derecho a segar la hierba del sendero de su casa, esa que le permite al escritor hacer lo que más le gusta y lo que verdaderamente quiere, que es escribir.

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