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El desahogo de Javier Milei y el riesgo que no se anima a tomar

«Mirá lo que hizo esta semana… ¿Y si el Presidente está más cuerdo que los que lo acusan de loco?”, preguntaba el viernes a la noche un funcionario del Gobierno.

Ya eran casi las ocho. La Casa Rosada adopta a esa hora un tono amarillo por las luces que se filtran desde el Patio de las Palmeras. En los pasillos no quedaba un alma. Javier Milei descansaba en la Residencia de Olivos, de donde no había salido en todo el día, y en Balcarce 50 las voces hacían eco en los pocos despachos que aún se mantenían abiertos. En ese ambiente de soledad, que contrastaba con el bullicio diario y las presiones de una Argentina que nunca da respiro, el hombre avanzaba con su tesis sin apuro: “Es posible que esté habiendo un cambio en el ejercicio del poder por parte de Javier que los periodistas no registran. Ustedes creen que come vidrio, como antes creían que no podía ganar las elecciones y como después dijeron que si aplicaba un ajuste tan grande como el que anunciaba se iba a ir en helicóptero en marzo. Se van a seguir equivocando”.

Los funcionarios que rodean a Milei son menos provocadores en privado que en público, pero no dejan nunca de ser sarcásticos. En eso son parecidos a su jefe. Llevan el sello: les gusta incomodar al interlocutor, machacar e incluso exagerar sobre el error ajeno, y ocultar los pasos en falso propios cuando se les pregunta por determinadas cosas. Por la postergación de los aumentos de luz y gas que estaban pactados para mayo, por ejemplo, o por el control que fijaron para los incrementos de las prepagas. Dos movimientos impensados en la concepción ideológica de La Libertad Avanza. El mercado, parece, no basta para moderar por sí solo algunas cuestiones. Invirtiendo la metáfora que fundó la economía moderna, los libertarios deberían referirse ahora a la mano invisible del Estado.

El humor social todavía le sonríe al oficialismo, y en cifras llamativamente altas para el inédito grado de recortes que se suceden desde el mismo inicio de la gestión, pero estaría experimentando un tiempo de límites. La primera alarma sonó la semana pasada, cuando se realizó la multitudinaria marcha por la quita de fondos a la educación pública y a la UBA, una protesta que el Gobierno en un principio subestimó. Esta vez fue distinto: se anticipó a cualquier malestar por las tarifas, que ya subieron y que volverán a pegar un salto. Pero, al menos, se anunció un impasse.

Todo ocurrió en apenas 48 horas. El martes se difundió que se suspendían los aumentos de luz y gas, que arrojaban incrementos para este mes de entre el 10% y el 12,5% en base al índice de evolución de los salarios, la inflación y del costo de la construcción. Ese mismo día también se postergó la suba de los combustibles de este mes. Y, el jueves, el ministro de Economía, Luis Caputo, informó la nueva fórmula de aumentos permitida a siete de las principales prepagas: podrán subir, como máximo, el 93,3% para la cuota de abril (es decir, la inflación acumulada entre noviembre y febrero); en tanto, para la cuota de mayo, el ajuste máximo será de un 114,6% (inflación acumulada de noviembre a marzo)”.

Los exégetas de Milei sostienen que no están en reconsideración sus principios, sino que se trató de una demostración más de que, si es necesario, en su Gobierno habrá más pragmatismo y menos enciclopedia en pos del objetivo uno: la baja de la inflación. Milei no habla de baja sino de destrucción. “Me eligieron para eso: para exterminar la inflación y para terminar con la casta”, dice. Su determinación para bajar la inflación quedó bastante clara. Lo de la casta, desde esta semana, un poco menos.

El relato muestra giros bruscos. En diciembre del año pasado, ni bien se produjo el traspaso de mando, se anunció que las empresas tenían libertad de acción para subir las tarifas. Ya no. “Les dimos bastante y tampoco nos eligieron para que le resolvamos los problemas a Manzano”, dice uno de los mejores intérpretes presidenciales.

Otra ostensible voltereta de Milei representó el crédito que les concedió a sus funcionarios para que negocien con la oposición en el Congreso. Eso le permitió su primer festejo en la Cámara de Diputados. El jefe de Estado lo vivió como un desahogo: el 6 de febrero había naufragado el envío original del proyecto. Aquello de que no se trató de una derrota, sino de una victoria por el «principio de revelación» -como dijo entonces Milei- solo puede ser aceptado por los fanáticos o por la prensa militante.

Tras la media sanción del martes, Milei les envió un mensaje a sus funcionarios para felicitarlos y luego subió a X un texto para agradecerles a los principales aliados. “Qué trabajo imposible estar entre la casta y yo, Profe”, le había dicho unos meses atrás a Guillermo Francos, el ministro del Interior.

La pelota está en el Senado, donde los números asoman muy parejos. El pedido que reciben los senadores y gobernadores es que no se produzca el mínimo cambio en el texto para que la iniciativa no tenga que regresar a Diputados. Milei está dispuesto, incluso, a abrir las arcas estatales.

Así se lo hicieron saber a los mandatarios provinciales más intransigentes, como el santiagueño Gerardo Zamora. “Soy duro, pero a mí no me tomen por kirchnerista”, les dijo Zamora a los interlocutores libertarios. A uno de ellos le mostró su despacho: no hay cuadros ni fotos de Cristina y Néstor Kirchner; se ve una única foto: la de Raúl Alfonsín. Zamora tiene en la Cámara alta tres legisladores que le responden. Sus votos son clave porque forman parte del bloque de 33 senadores del kirchnerismo. Ese es el espacio que La Libertad Avanza busca quebrar. Los otros gobernadores con los que se refuerzan lazos son Alberto Weretilneck (Río Negro), Rolando Figueroa (Neuquén) y Claudio Vidal (Santa Cruz).

El Gobierno no solo está dispuesto a conceder obras públicas. Podría entablar un diálogo sobre las deudas que algunas provincias tienen con la Nación y hasta sentarse a hablar del proceso electoral del año próximo con mandatarios que están preocupados por el avance mileísta en sus distritos.

Cristina se puso al frente de la resistencia. Ella misma habla con los senadores, como si no hubiera abandonado la vicepresidencia. Su poder no es el que supo ser, pero tiene incidencia. La ex presidenta regresó a los escenarios hace una semana para marcar las diferencias con la actual administración. ¿Por qué lo hizo? Una posible respuesta: ella también falló. A esta altura imaginaba que la popularidad de Milei iba a ser casi nula. “Está descolocada y encima el Gobierno está a punto de sacar su primera ley. Siente que algo hay que hacer”, dicen a su lado.

El castigado Axel Kicillof (no subió al palco en la protesta de la UBA en Plaza de Mayo y fue ignorado en el acto cristinista de Quilmes) intentó recuperar la iniciativa. “Haremos lo imposible para que la ley no salga”, les dijo a los jefes de la CGT. El gobernador está a la caza de nuevos aliados con miras a 2027. Su ansiedad provoca malestar en el cristinismo, pero él dice que es una pulseada que tarde o temprano había que dar. Máximo Kirchner lo maldice. Pero el peso político de Máximo es hoy el de una pluma.

Los opositores más duros se preguntan cómo nadie puede aprovechar el descontento que genera el Gobierno en una parte amplia de la población. La aparición de Cristina, al contrario de lo que sus seguidores suponen, quizá fue una ayuda invalorable para Milei en medio de la crisis y mientras busca ganar tiempo hasta que la inflación, al fin, caiga de modo rotundo. En el Palacio de Hacienda creen que pronto estará debajo del 5%.

A la par del derrumbe en el consumo y de la caída de la actividad, la recaudación comienza a ser un motivo serio de preocupación. La AFIP informó que la recolección tributaria de marzo alcanzó los $ 7.726.459 millones, con una variación interanual de 230,6%, mientras la inflación de ese período rondó el 290%. Los ingresos de los municipios y las provincias también sucumben.

El impuesto País, un tributo que se paga cuando se hacen transacciones con moneda extranjera -y que el Gobierno elevó de 7,5% a 17,5%- pasó a ser la estrella de la recaudación. Ya es el segundo que más aporta al Tesoro, después del IVA. El impuesto País recaudó $ 510.247 millones desde comienzos de año, con una variación interanual de 1.106,5%.

Eso explica, en parte, por qué el Gobierno no tendría apuros en levantar el cepo, más allá de que el estado de las reservas sigue siendo delicado -aunque han mejorado de manera notable- y de que el levantamiento podría meter más presión a los precios.

Poco después de la asunción de Milei, en el Gobierno habían deslizado que el cepo podía quitarse en abril o mayo, aunque lo supeditó a un desembolso extra del FMI. La plata no llegó. Luego, estiró la fecha para mitad de año y, ahora, ya hay quienes aseguran que será a fines de año. “No vamos a arriesgar nada de nada. No vamos a pisar el palito y que nos hagan una corrida ”, confiesan en el entorno del Presidente.

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