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El nuevo relato de Marcelo Birmajer: Historia de dos ciudades (primera ciudad)

Golpearon a la puerta, Abner abrió sin preguntar. El hombre vestido de traje negro, corbata, zapatos lustrosos, era una criatura absolutamente improbable en aquellos parajes. Pese a su inapropiada vestimenta, no transpiraba. En rigor, parecía pertenecer a otro período de la vida de Abner, extractado sin beneficio de inventario de una ciudad como Buenos Aires o Lima.

– Mister Abner- le dijo, y continuó en español-. Represento a la firma Marsan de estudio de los comportamientos humanos. Lleva usted cuatro años sin escribir. Desde hace dos años y medio, nuestros informes paradigmáticos demuestran que usted no escribirá nunca más. La angustia, la ansiedad, la frustración, devienen de la expectativa. Le garantizamos que su vida creativa ha terminado. Usted mismo ha podido comprobarlo. La señora Diadema le ofrece…

Abner le cerró la puerta en la cara. Era la primera vez que la señora Diadema, o quien fuera que la representaba, le enviaba un petimetre como éste. No obstante, había resultado completamente convincente. La firma existía. El diagnóstico era verosímil.

Abner escribía guías de ciudades. Había sido contratado para escribir quince en el plazo de 15 años. De ese trabajo dependía su subsistencia.

El éxito de sus primeras trece publicaciones lo había situado en una buena posición. Pero cuando le faltaban dos para terminar, su “tinta secó”. No le gustaba decir “se secó”. Solo expresaba: “Mi tinta secó”. No firmaba sus guías, pero habían alcanzado la celebridad con la marca: Guías Pristinas de Ciudades. (Pristinas sin acento era la marca).

Las dos sin iniciar eran Pekín y Krakatoa, al este de Java. Llegando a la Ciudad Prohibida, “mi tinta secó”. Perdió el ímpetu. No entendía a los lugareños (sí el idioma, siempre llevaba los mejores intérpretes); ni el aire, ni el tono del lugar.

Viajó a Krakatoa con la idea de desligarse de China y recuperar la intuición. Pero le pareció tan ajena como el propio Reino Medio. No registraba el paisaje, ni la dirección de la marea, ni las huellas del pasado, ni la motivación de los animales.

Repentinamente narrar sitios había perdido el sentido para Abner. Aquella vocación que le había salvado la vida en la escuela primaria cincuenta años atrás, cuando una supervisora visitó su aula y la atrajo con una Composición de Lugar, que lo convirtió en el prodigio coyuntural de la clase -recordaba a la bellísima supervisora como una aparición tribal-, ahora lo abandonaba, igual que Jimena, su última novia.

Sin empleo ni mujer. Un volcán apagado, reducido en su tamaño a guijarro insensato. La nonagenaria señora Diadema pretendía narrarle, para que transcribiera, su propia historia de amor. Sería un trabajo de por lo menos un año. Totalmente incompatible con continuar aguardando la inspiración para las dos guías pendientes. Abner no tenía la menor idea de cuál podría ser la historia de amor de Diadema.

Había quedado varado en aquellos islotes oceánicos por no decidirse a fracasar definitivamente en China o Indonesia. Vivía en la hondonada del territorio -el Infierno de las Marsopas, lo llamaban (aunque los extraños especímenes que cada tanto veía pasar semejaban una cruza con hipopótamos)-; y la señora Diadema en lo altísimo de la montaña, a donde sólo se podía llegar con el bamboleante teleférico.

Se decía que la señora Diadema ya vivía allí antes de que se alzara la montaña. Poseía el pueblo del pie del valle magmático.

Abner salió dispuesto a abordar el teleférico y decirle a la señora Diadema que dejara de importunarlo. Ya bastante tenía con aguardar insomne la energía perdida, como su gente aguardaba al Mesías.

En el camino, volvió a cruzarlo la abuela del Trujamán, el hacedor de lluvias. Hijo del brujo original, el treintañero Kubuaco, llevaba cinco meses errando el pronóstico. La tradición, morigerada a partir del siglo XVIII -por entonces la pena de muerte-, posiblemente una consecuencia de las incursiones militares japonesas, ordenaba cortarle el meñique por inútil.

La abuela le suplicaba a Abner, y éste no entendía por qué a él, que terciara ante las autoridades por su nieto. El término Trujamán para el taumaturgo de las lluvias era un malentendido de una voz hispano filipina. Kubuaco -sí su nombre original- nunca había querido aceptar el legado laboral de su anciano padre, otro fraude pero con más influencia en una población menos alerta.

En las alturas de la señora Diadema lo recibieron dos patovicas, enfundados en su trajes como el funcionario/sociólogo de la empresa Marsan, si bien pertenecían a distintas compañías. En última instancia, ya fuera por compra de acciones o propiedad directa, se tratara de franquicias de ultramar o de activos continentales, todo era parte del patrimonio de la señora Diadema.

La mansión era inconmensurable. La voz atravesó la cámara de un tejido herbóreo, similar al mimbre, dentro del cual su emisora permanecía oculta. Era una voz extremadamente sensual y firme a la vez, que no respondía a los géneros femenino ni masculino exactamente; pero, sabiendo que la protagonista era mujer, no desentonaba.

– Desde mis 70 años, no recibo a nadie cara a cara. No pretendo asustarlo: pero la vejez no es algo que recomendaría a la especie humana. No es una prescripción: sólo una confesión. ¿Trajo algo para tomar nota?

Evidentemente, ella sí lo veía a él.

– Vine para rechazar su encomienda. Y rogarle que no me mande más batracios. Me desconcentran.

– Nadie sube ese teleférico suicida para proferir semejantes banalidades. Ni yo volveré a mostrar mi rostro ni usted volverá a escribir. Mis hombres le proporcionarán papel y lápiz. Para pergamino ya está mi piel.

La señora Diadema hablaba con sabiduría. Una hora atrás, mientras el teleférico se balanceaba entre los acantilados y los volcanes silenciosamente criminales, Abner había pensado que hubiera preferido aceptar desde su base que subir a rechazarla.

Jimena lo había abandonado al segundo año de perder su capacidad creativa, al regreso sin gloria de Krakatoa. De todos modos lo hubiera abandonado. Abner había narrado la ciudad del cuerpo de Jimena, en secreto, para su exclusivo usufructo. Esa guía había quedado en blanco.

Sepultada bajo el mar como la Atlántida, perdida como El Dorado, destruida como Pompeya. Un cataclismo había convertido en ejércitos de terracota las delicadas suavidades de su misterio. Esa ciudad había cambiado de nombre, de temperatura, y el viernes había desaparecido. Nunca más podría escribir.

– Dígame, señora -confesó Abner- ¿En qué la puedo ayudar?

(Este relato concluirá la próxima semana).

WD

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