Un brote de hantavirus en un crucero con origen en Ushuaia reaviva el debate sobre la permanencia de Argentina en la Organización Mundial de la Salud, tras la decisión de retirarse en marzo de 2026.
Un brote de hantavirus —8 casos confirmados, 2 sospechosos y 3 fallecidos— en un crucero que zarpó desde Ushuaia vuelve a poner en evidencia la persistencia de la enfermedad en el país. En la temporada 2025-2026 ya se registran 101 casos y 32 muertes. El hantavirus no circula solo en reservorios animales: viaja por rutas, se sube a aviones o buques, recorre circuitos turísticos o comerciales y no se detiene en las aduanas.
Donde los mecanismos de detección temprana funcionan, la respuesta es más eficaz. Donde no se cuenta con información ni estructuras suficientes, el riesgo crece. En ese punto, la reciente invitación de la Organización Mundial de la Salud (OMS) a la República Argentina a no abandonar el organismo —desde marzo de 2026 ya no es parte— adquiere una dimensión concreta.
La OMS fue creada en 1948 como organismo especializado del sistema de Naciones Unidas. En Argentina gobernaba el general Juan Domingo Perón, y la cartera sanitaria estaba conducida por el prestigioso neurólogo y sanitarista Ramón Carrillo. La OMS nació con el propósito de renovar los estándares de salud poblacional, estructurando su funcionamiento sobre programas e instrumentos específicos: sistemas de vigilancia epidemiológica, programas de inmunización, redes de cooperación técnica y coordinación de emergencias sanitarias. Su Reglamento Sanitario Internacional (última versión aprobada en 2005) se aplica de manera directa en los estados miembros, que superan los 190.
La OMS se financia mediante contribuciones obligatorias de los estados parte (calculadas sobre variables como PBI y población) que cubren el 25% del total. El resto es aportado por países como Alemania, Arabia Saudita, Australia, Bélgica, Canadá, Finlandia, Francia y Qatar, entre otros, además de organizaciones internacionales y donaciones de ONGs. Pertenecer al organismo supone integrar un sistema de reglas, información y asistencia que opera de manera continua. Salir de ese esquema tiene consecuencias jurídicas, institucionales y operativas: los circuitos de notificación y coordinación pierden su carácter vinculante, el acceso a redes de alerta temprana y asistencia técnica deja de ser automático, y los países pierden activos estratégicos como vínculos, información y capacidad de definir prioridades.
El argumento que suele invocarse para justificar la salida es el de la soberanía. Sin embargo, desde los tiempos de Perón —quien priorizó la instalación de un espacio mundialmente relevante por encima de sus diferencias con Washington— participar en la OMS no implica renunciar a la soberanía sanitaria, sino ejercerla en un entorno de interdependencia. La Segunda Guerra Mundial había dejado entre 70 y 80 millones de muertos, y era momento de una respuesta institucional consistente para asegurar la paz.
Frente a la salida de Argentina —que imitó a Estados Unidos— la verdadera pregunta es otra: cómo se gestionarán en el país riesgos sanitarios que exceden las fronteras estatales y perforan la jurisdicción federal, con especial impacto en provincias y municipios. En Argentina, el sistema de salud es materialmente provincial y municipal: de los 1434 hospitales públicos, solo 9 son financiados por el Ministerio de Salud de la Nación. En programas nacionales como Sumar, Plan Materno Infantil, Remediar, Inmunizaciones e Incluir Salud, las provincias son unidades ejecutoras mediante convenios. Algunas provincias implementan acciones diseñadas en marcos internacionales, como acceso a programas de fortalecimiento para prevención de patologías o financiamiento para compra de vacunas.
Aquí aparece un problema: las provincias y los municipios gestionan la salud, pero no definen la inserción internacional del sistema sanitario. La conducción de las relaciones exteriores corresponde al Estado federal, y si bien las jurisdicciones subnacionales pueden desarrollar vínculos de cooperación, no pueden contradecir la política exterior nacional ni sustituirla. En consecuencia, la desvinculación de la OMS afectará su acceso a redes, programas y mecanismos, tanto si provienen de Nación como si se gestionan desde la provincia.
