En un vídeo, dos equipos juegan con una pelota. Quien lo observa debe contar el número de veces en que uno de ellos se pasa el balón. Es un test de atención ideado por unos profesores universitarios, a finales de los 90, y realizado por alumnos de Psicología de la Universidad de Harvard. Los creadores trataban de demostrar que la atención es selectiva y que un gorila podía pasar por delante de nuestras narices, como efectivamente sucede, hacer el monigote y nadie se entera. La de cosas que nos perdemos en esta vida por no estar atentos.
Vi el vídeo durante un curso en el que, además de enseñarnos estas lindezas, calentábamos nuestras neuronas nombrando algo que, seguro, habíamos visto antes de llegar al trabajo y a lo que no le habíamos prestado atención. Un compañero dijo que no recordaba haber visto a su mujer esa mañana. Risotadas. Yo estaba convencida de que había visto la bolsa de basura al tirar los restos del desayuno, pero que era incapaz de retener el momento. Tan pronto hablé, constaté que carezco de glamur.
Quienes hacen cuestaciones en la calle y piden que te asocies a una buena causa, cuando siempre vas con prisa, saben que somos seres dispersos por naturaleza. De ahí que nos paren en la vía pública, tanto si queremos como si no. La finalidad es buenísima, los medios se nos hacen intensos. Comprendo que, ante la indiferencia social, hay que llamar la atención sea como sea. He tomado la resolución de ir con las antenas sintonizadas, pero hago aguas.
Escuché un «Gracias» muy sentido y entendí que el cliente del supermercado, que caminaba delante de mí, había regalado una bolsa de fruta a un señor que pedía comida escondido detrás de una columna. Yo no andaba mirando el móvil ni charlando con una amiga. Simplemente, estaba desconectada de mi entorno. Volví sobre mis pasos y compré una barra de pan y un sobre de embutido. Ese fue mi aprendizaje.
Ahora observo a los repartidores que van en bicicleta y que repasan sus rutas y destinos en sus teléfonos. Todos van apurados y estresados. Perder un minuto puede costarle no poder pagar la renta de su habitación alquilada. Pedalean, sudan, se mojan y pasan frío. A veces, coinciden con buena gente, pero tienen un máster en cómo lidiar con sobrados, chulillos y racistas sin perder la dignidad. Son un eslabón precario de nuestro bienestar, de nuestras noches de sábados de sofá y hamburguesa con extra de queso. No quiero olvidarlo.
He mirado a una mujer que vive en la calle y me he preguntado por qué no me acerco a ella para ofrecerle ayuda. He visto su mirada y he recordado su expresión. Sé que la conozco de algo. La otra noche desperté y recordé que trabajaba de auxiliar en la peluquería a la que iba hace tiempo. Mi comodidad es hacer como si no supiera de qué la conozco, pero ya no quiero olvidarla.
Miro mi móvil, reviso tal o cual foto, consulto las noticias del día, leo artículos, me mensajeo con mis amigos y pienso en mis cosas y, de repente, me asalta la duda de si tengo a un orangután delante de mi cara a quien no le presto la atención que debiera.
*Periodista
