China aliviará la extrema competitividad de su sistema educativo para proteger la salud mental y física de sus escolares. Es envidiable el sector en China por muchas razones: meritocrático, limpio y con el 99% de escolarización, único caso en un país en vías de desarrollo. Pero los expertos han alertado durante años de que los niños lidian con una presión excesiva y han reclamado un ecosistema menos hostil, más focalizado en la creatividad y el bienestar que en la memorización y las jornadas maratonianas.
Las medidas anunciadas este viernes por el Ministerio de Educación profundizan en el camino emprendido una década atrás. Prohíben los deberes extraescolares excesivos, reducen la frecuencia de los exámenes y blindan el tiempo libre. Para preservar la salud estarán obligados los centros de primaria y secundaria a programar al menos dos horas de actividad física y las guarderías no podrán adoptar los mecanismos reservados a la educación más tardía. Están prohibidas las pruebas en los colegios para seleccionar estudiantes y han sido eliminados los premios o penalizaciones a los profesores en función de las calificaciones de su alumnado en las pruebas nacionales. Se intenta, pues, mitigar la dictadura de las clasificaciones académicas a edades tempranas. Para esponjar el calendario se añaden parones en primavera y otoño a los vigentes en invierno y verano.
No son escasas ni tibias las medidas pero adelantan los expertos que su éxito dependerá de la implementación. Y en su contra juega la acentuada presión autoimpuesta por los estudiantes: un lampista o un albañil puede ganarse la vida muy bien la vida en España, a menudo mejor que un licenciado, pero una licenciatura universitaria separa el éxito del fracaso en China.
Ni siquiera la apertura económica, un tsunami para las estructuras confucianas, pudo con la educación. Durante siglos peregrinaron hasta el Templo de Confucio, en el corazón de Pekín, eruditos desde todos los rincones del país, y no había mayor honor que ser seleccionado para la corte. Décadas atrás, con la corrupción carcomiendo todos los ámbitos sociales, la educación se mantuvo limpia. La meritocracia descansa en continuos filtros desde el colegio que encauzan a los mejores a las más prestigiosas públicas universidades del país. El hijo de aldeanos de remotas provincias rurales puede acabar en centros como Beida y Tsinghua, en Pekín, o Fudan, en Shanghai, caladeros de multinacionales o trampolines políticos, mientras los ricos han de enviar a sus vagos o mediocres hijos al extranjero o centros sin pedigrí.
Informe Pisa
La terca presencia de China en el podio del informe Pisa certifica su éxito. Pero los sociólogos han alertado de que los estudiantes pagan un precio excesivo. Muchos sufren falta de sueño, depresión o ansiedad. No son raras las noticias de suicidios en la época del Gaokao, el examen que abre las puertas universitarias. Un estudio de la pasada década sentaba que detrás de la mayoría de suicidios juveniles en China estaba la presión escolar: el 92% de los 79 casos examinados en escuelas de primaria y secundaria ocurrieron por un cuadro de estrés estudiantil.
Es una problemática que comparten otras sociedades asiáticas igualmente competitivas como la japonesa o la surcoreana pero la política china del hijo único, que concentraba todas las expectativas en un solo vástago, agravó el cuadro. Del joven chino se espera que consagre su vida al estudio y es habitual que los padres les desaconsejen distracciones como una pareja. A cambio destinan buena parte de los ingresos familiares a profesores individuales y numerosas actividades extraescolares que estrangulan su tiempo libre.
El estrés social explica comportamientos inéditos en un país donde el trabajo duro siempre se dio por descontado como lo que aquí se conoce como “tang ping”, algo así como mantenerse tumbado, que enfatiza una vida simple y despreocupada, más volcada en el bienestar personal, la libertad y el ocio. Conoce China los efectos adversos de su secular tradición educativa y se ha esforzado en combatirlos en los últimos años. A ellos alude Occidente con simplismo, obviando ejemplares valores chinos como la disciplina, el esfuerzo o el respeto al profesorado.
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