InicioSociedadQuiero hablar con un humano

Quiero hablar con un humano

Por José Mª Cotarelo Asturias

Sumario: Mi amigo, mientras mira el horizonte sondeando el cielo para ver qué tiempo hará mañana, piensa en la masa estólida y si la idiotización de la sociedad no habrá llegado ya a su límite.

Mi amigo José Mª de Lavandeira vive en Nio, una pequeña aldea de apenas seis habitantes en el occidente de Asturias, muy cerca del límite con la hermana Galicia y perteneciente al municipio de Taramundi. Cada mañana se asoma a la ventana de la cocina para ver si vienen lluvias o si aún no ha levantado del todo la niebla matutina. Hasta no hace mucho, al caer la tarde recogía las vacas del prado, el caballo o la burra y observaba que las gallinas también estuviesen en su sitio. Vivió muchos años sin teléfono móvil hasta que su hija le convenció de las bondades que poseía y de que ya casi todo el mundo en el pueblo lo tenía. Cedió a ello, pero no a las redes sociales, el Facebook, Instagram, X, ni siquiera el WhatsApp, ni esas “caralladas” por el estilo que lo distraían del verdadero objetivo del teléfono: Llamar y que te llamaran. Y punto. Fue feliz un tiempo y hasta se culpó de no haber cedido antes a las pretensiones de los que se lo decían. Podía comunicarse con su mujer Elisa y con su hija, mientras desbrozaba algún ribazo o camino, afilaba con la piedra la guadaña o abría algún surco para la siembra. Poco a poco le fue cogiendo cierto gusto, aunque poco cariño. Pero hete aquí, que aquel tiempo de felicidad y de poder hablar con las personas que te atendían al otro lado de la línea para alguna gestión relacionada con algún suministro de electricidad, el banco, o alguna cita médica pasó de ser grato y fácil a ser un suplicio. Ya no hay personas al otro lado de la línea. Un robot indolente e insensible repite monótono la cantinela aprendida y, entre que él no habla el castellano con acento de Valladolid y que no entiende de algoritmos, todo se vuelve quimera y trifulca. No sería la primera vez que el móvil acabó en el montón de estiércol o rodando prado abajo, después de haber proferido unos cuantos insultos y juramentos, que mejor no repetirlos.
No dije que Lavandeira, como yo, somos de mediados del siglo pasado, o casi, y estas cosas nos pillan un poco a contrapelo. Nos cuesta creer que esta sociedad a la que nos han ido acostumbrando se haya deshumanizado de este modo tan sutil. Hablar con una persona de carne y hueso para cualquier gestión pública o privada supone superar una carrera de obstáculos o, cuanto menos, una misión casi imposible. ¡Qué dulces aquellos años en que un humano te atendía y con qué generosidad y cortesía te ayudaban y te solucionaban mucho o todo de lo que necesitabas o querías!
Estamos ya casi en la era del posthumanismo. Las máquinas y la tecnología que en un principio nos ha dado cierta comodidad y ahorrado tiempo, se nos ha ido de las manos y han disuelto nuestros límites, ayudado, y de qué manera, por la cibernética. Esto cambia las reglas, nuestra propia razón de ser y hasta la filosofía. Somos seres interaccionados con la tecnología, que para los que somos del siglo pasado, a veces, se nos vuelve un laberinto y una pesadilla. Mi amigo,  al caer la tarde y mientras mira el horizonte sondeando el cielo para ver qué tiempo hará mañana, piensa en la masa estólida y si la idiotización de la sociedad no habrá llegado ya a su límite. Mientras apura el último trago de vino, mira por entre las cortinas de la ventana y prevé, por el color de las nubes, si al amanecer habrá lluvia o neblina y recuerda aquellos tiempos felices sin el móvil, cuando la vida era más serena y sencilla. Ya todo es menos humano, más hostil; distinto. Ni el móvil, ni las cosas, ni nosotros somos los mismos.
El otro día, tras un trámite que tuvo que hacer con una compañía de suministros y después de hablar con dieciocho robots, José María, se dio cuenta de las horas que llevaba perdidas en el intento, las sumó a otras y llegó a la conclusión de que acumulaban días el tiempo que había pasado pulsando teclas o diciendo palabras que el algoritmo de la locución no entendía. Él, tampoco lo entendía. También se dio cuenta de que había perdido la paciencia y de que en pocos días había acabado con la caja de Lexatin y el paquete de tila. Desbordado por el hartazgo, abrió la ventana de la cocina que da al hórreo y estampó el móvil contra las piedras antiguas. Mientras el aparato se hacía añicos, le hizo un corte de mangas, esbozó una enorme sonrisa entre burlona y pícara y sintió un cierto alivio. Ahora ha vuelto a ser él mismo y a dormir como solía. 
Lástima que por el mundo haya, sin contarlo a él y a mí, tantos otros José Marías y que la deshumanización y el embrutecimiento de la sociedad haya llegado a estos límites. Uno no puede sino recordar esta frase mal atribuida a Cervantes y que tiene su origen en el Cantar de Mio Cid: “Cosas veredes, Sancho, que farán fablar las piedras”. Y eso hizo Lavandeira con las del hórreo. A saber lo que las piedras pensarían.
 

Más noticias
Noticias Relacionadas