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Presentismo reactivo

A veces basta una frase medida para despertar viejos fantasmas. Las palabras del Rey sobre los abusos de la conquista han desatado una tormenta política que dice mucho menos de aquel pasado remoto que de nuestra forma contemporánea de administrar la memoria.

Felipe VI no pidió perdón. Se limitó a reconocer una evidencia histórica. Pero en tiempos de presentismo moral incluso el sentido común puede ser interpretado como una toma de partido.

Hace tiempo que la Historia dejó de ser un territorio de conocimiento para convertirse en instrumento de combate. Gobiernos y partidos la invocan como si fuera un tribunal permanente dispuesto a dictar sentencias retroactivas. El pasado se ha transformado en una reserva de agravios disponibles, una cantera de argumentos emocionales con los que reforzar posiciones presentes.

La conquista fue, como casi todas, violenta y desigual. También generó transformaciones culturales y políticas que marcaron durante siglos la evolución de las sociedades americanas. Reducir ese episodio complejo a una consigna -de exaltación o de condena- equivale a sustituir la Historia por el relato. Los historiadores suelen moverse entre matices; la política necesita simplificaciones eficaces y culpables identificables.

Lo verdaderamente significativo del debate no es la discusión académica sino la insistencia en reclamar arrepentimientos institucionales cinco siglos después. Javier Marías advirtió con lucidez que el arrepentimiento es un sentimiento estrictamente personal, tan intransferible como el enamoramiento. Pedir perdón por delegación puede tener valor simbólico o utilidad política, pero difícilmente constituye una reparación real. Es, en el mejor de los casos, una escenificación.

La moda, lejos de agotarse, se extiende. Los Estados compiten por exhibir gestos de remordimiento retrospectivo mientras las sociedades encuentran en esa liturgia una forma cómoda de tranquilizar su conciencia. Son actos que producen satisfacción moral inmediata sin alterar los hechos pasados ni mejorar las condiciones del presente.

Las palabras del Rey se sitúan en ese terreno ambiguo. No representan una rectificación histórica ni una reivindicación del pasado, sino un movimiento diplomático destinado a rebajar tensiones. España necesita recomponer su relación con la mayor nación del mundo hispánico; México aspira a reforzar su protagonismo regional.

No es casual que, en medio de esta controversia, la presidenta mexicana haya invitado al Rey a asistir al partido inaugural del próximo Mundial de fútbol. En ese tablero de gestos y símbolos, la memoria funciona como moneda política y los acontecimientos deportivos se convierten en escenarios donde el relato importa tanto como la realidad.

Ese desplazamiento del debate hacia la memoria no es inocente. Permite transformar problemas complejos en relatos morales simples, dividir a la sociedad en culpables y víctimas y convertir la política en una sucesión de gestos simbólicos. La discusión pública se llena entonces de declaraciones solemnes y exigencias de reparación que apenas afectan a la vida real de los ciudadanos, pero generan la impresión de que se está actuando.

El problema surge cuando el pasado deja de estudiarse para ser administrado como un recurso de confrontación. Entonces los hechos históricos se transforman en consignas movilizadoras y la memoria colectiva en una herramienta de legitimación.

Porque, en realidad, lo que hoy se discute no es tanto la conquista como la dificultad de parte de la clase política para afrontar problemas reales sin recurrir a conflictos simbólicos. El pasado ofrece un campo de batalla cómodo: no exige soluciones, sólo declaraciones. El indigenismo retórico y la nostalgia imperial comparten esa ventaja. Ambos desplazan el debate hacia escenarios emocionales donde nadie tiene que rendir cuentas por la inflación, la inseguridad o el deterioro institucional.

Esta deriva no es exclusiva del debate sobre la conquista. Se repite cada vez que la política decide sustituir la gestión por la liturgia. La memoria selectiva permite construir identidades y movilizar agravios, pero también paraliza la acción pública y convierte el presente en una prolongación del pasado.

La memoria puede ayudar a comprender el presente. Pero cuando se convierte en coartada política acaba sustituyendo a la acción. Esta inclinación a discutir el pasado cada vez que el presente se complica ofrece una ventaja clara: permite ocupar el espacio público con declaraciones solemnes sin asumir decisiones incómodas.

El presentismo reactivo tiene esa utilidad. Se habla mucho de lo ocurrido hace siglos y poco de lo que sucede hoy. Así la política se entretiene y el futuro espera .

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