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La vida subterránea de la segunda ciudad de Ucrania

En la entrada del Colegio 124 —no muy distinta a los accesos de un parking— reina el silencio. No hay carreras por el recibidor ni risas infantiles, ni siquiera un bedel para recibir a los alumnos. Para encontrar a los primeros niños hay que bajar tres pisos por unas escaleras, algo más de medio centenar de peldaños. Y es ahí, a 10 metros bajo tierra, donde la vida reverdece de nuevo. Enjambres de niños corretean por los pasillos o esperan turno en la cantina. Hay flores pintadas en las paredes y un militar que hace guardia a la entrada. «Bienvenidos al Colegio Seguro», dice su director aludiendo al sobrenombre del centro. Se construyó en tan solo nueve meses y ahora es uno de los 21 colegios subterráneos de Járkov, la segunda ciudad de Ucrania, situada a 40 kilómetros de la frontera rusa y bombardeada casi todos los días por los misiles y los drones del Kremlin.

El terror de los ataques aéreos forma desde hace cuatro años parte de la vida cotidiana en Járkov, donde abundan todavía hoy los comercios cerrados o los edificios públicos con los ventanales tapiados. Poco después de entrar en el colegio, suena la sirena antiaérea. Tétrica y estridente como una sierra. Bajo tierra pocos se inmutan, pero desde megafonía se recuerda a estudiantes y profesores que no salgan a la superficie hasta que pase el peligro. Desde el inicio de la invasión a gran escala, el 78% de los colegios de la ciudad ha sufrido algún tipo de daños, según la Consejería de Educación. Cuatro han sido completamente destruidos. Otros han visto cómo la onda expansiva o la metralla de los bombardeos reventaba ventanas o tejados. Casi la mitad operan desde 2022 únicamente en remoto; el resto sigue un régimen mixto con algunas clases presenciales.

Varios niños en la cantina del Colegio 124 de Járkov, inaugurado en septiembre de 2025. / Ricardo Mir de Francia

«Cada vez más familias jóvenes están volviendo a la ciudad y los padres quieren que los niños puedan estudiar de forma presencial. En colegios como este pueden hacerlo de forma segura», asegura la Consejera de Educación, Natalia Borobiova. Su construcción se ha financiado con dinero público y donaciones europeas. «Para el Ministerio de Educación, la prioridad en estos momentos es que los niños puedan socializar y recibir asistencia psicológica». Para ellos la guerra no solo ha traído miedo, muerte y destrucción, con muchas familias dispersas o rotas. También ha sido sinónimo de aislamiento y reclusión. «Muchos niños tienen ataques de pánico y cuadros de ansiedad. Es muy importante que puedan interactuar y comunicarse con sus compañeros, en pocas semanas ves cómo mejora su salud mental», afirma el director del colegio, Serhiy Makieiev.

Una de las 16 aulas del Colegio 124 de Járkov, que cuenta con 1458 alumnos y ha sido construido bajo tierra para escapar de los bombardeos rusos. / Ricardo Mir de Francia

La ciudad ha tenido que ser creativa para adaptarse a las nuevas circunstancias. Actualmente 21 de sus 187 colegios están bajo tierra. Acomodan a unos 20.000 estudiantes. El primero abrió en septiembre de 2023, un año y medio después del inicio de la invasión, en una estación de metro e inicialmente fue recibido con escepticismo. Un sentimiento que ha ido cambiando a medida que la guerra se enquistaba. Hoy hay siete colegios en las estaciones de metro, otros seis en refugios antiaéreos y ocho — como el Colegio Seguro— han sido construidos bajo tierra en tiempo récord. Otros países europeos fronterizos con Rusia han tomado nota y tratan de aprender de su modelo. Recientemente visitó la ciudad una delegación de Estonia.

Cultura y sanidad bajo tierra

No es solo el sistema educativo el que busca refugio en las madrigueras de Járkov, la que fuera capital de Ucrania entre 1919 y 1934, durante sus primeros tres lustros como república soviética. La ciudad construye actualmente un hospital subterráneo de 3.000 metros cuadrados. Paralelamente, cines, teatros, salas de conciertos y exposiciones, así como algunos bares y restaurantes, han comenzado a operar bajo tierra.

Entre ellos, el Teatro Shevchenko, el más importante y antiguo de la ciudad, que está a punto de cumplir un siglo de historia. En octubre de 2025 trasladó sus espectáculos al sótano del edificio donde está ubicado en el centro de la ciudad, después de tres años de telones cerrados. La municipalidad prohibió los espectáculos tras la invasión por temor a que el teatro fuera bombardeado, como sucedió en Mariúpol. «Durante mucho tiempo buscamos algún espacio subterráneo donde operar con mínimas condiciones de seguridad. Hicimos ‘crowdfunding’ e incluso recibimos fondos municipales, pero fue imposible encontrar un lugar adecuado», explica Rita Kornivshchenko, la responsable de su programación.

Pequeños y poco confortables

La solución está lejos de ser perfecta. El nuevo teatro ocupa el espacio que antes se utilizaba como guardarropía los bajos del edificio. De los 850 espectadores que albergaba la platea original se ha pasado a tan solo 120. «Todo el mundo está bastante cansado de tener que hacer vida en el subsuelo para poder disfrutar de un mínimo de vida cultural, pero al menos las restricciones se han rebajado. Los nuevos son muy pequeños y poco confortables, y el público que puedes meter es bastante reducido», dice Kornivshchenko.

Rita Kornivshchenko, programadora del Teatro Shevchenko de Járkov, en la platea del escenario habilitado en el sótano del teatro. / Ricardo Mir de Francia

La guerra ha alterado además la demografía de la ciudad, que tenía antes de la invasión 1,4 millones de habitantes. Muchos urbanitas se han marchado huyendo de los bombardeos; en su lugar, ha llegado gente de los pueblos de la provincia, donde la presión militar rusa es todavía mayor. «Los recién llegados están menos interesados en la cultura o no quieren gastarse dinero en estas cosas porque la vida es complicada», añade la programadora del Teatro Shevchenko.

Pese a todas las dificultades, la vida subterránea de Járkov es una forma deliberada de resistencia frente a las ambiciones rusas de vaciar la ciudad y conquistarla en última instancia, algo que ya trató de hacer sin éxito en 2022. «Quedarte aquí es una decisión temeraria porque te pueden matar en cualquier momento, pero lo aceptamos porque este es nuestro hogar y queremos seguir existiendo», afirma Kornivshchenko.

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