Durante siglos, las vastas extensiones de pastizales han sido más que un paisaje; han sido el hogar, el supermercado y la herencia cultural de millones de pastores y criadores de ganado vacuno, ovino y caprino. Hoy, ese mundo se está encogiendo a un ritmo alarmante.
Un estudio científico advierte que, antes de que termine este siglo, el calentamiento global podría hacer que entre un tercio y la mitad de las tierras de pastoreo actuales dejen de ser viables para la ganadería extensiva.
Esta transformación no es solo una reconfiguración ecológica, sino una crisis humanitaria en ciernes que pone directamente en jaque la supervivencia de comunidades enteras y de un sistema alimentario que provee al mundo.
‘Zonas de confort’ climático
Para entender la magnitud del cambio, los científicos trazaron los contornos del ‘clima familiar‘ para el pastoreo. Para ello hay que imaginar un espacio donde el termómetro se mantiene entre los -3 y los 29 grados, donde la lluvia cae en su justa medida y la humedad no sofoca.
Es en ese nicho, cuidadosamente definido, donde el pastoreo ha florecido por generaciones. La investigación, publicada en PNAS, proyecta ahora cómo se moverán y contraerán estas ‘zonas de confort’ climático.
Ganado vacuno. / Pixabay
El autor principal, Chaohui Li, lo resume con crudeza: «El cambio climático desplazará y contraerá significativamente estos espacios a nivel mundial, dejando menos zonas de pastoreo para los animales». Detrás de esta frase hay una realidad tangible: más de cien millones de personas y unos 1.600 millones de animales cuyo futuro pende de un hilo.
Injusticia geográfica
La injusticia geográfica de la crisis es palpable. Mientras algunas regiones templadas del Norte podrían ver cómo sus pastos se vuelven más productivos, el peso de la pérdida recae abrumadoramente sobre los hombros de los más vulnerables.
Entre el 51% y el 81% de los pastores y ganaderos afectados viven en países que ya luchan contra la pobreza, el hambre y la inestabilidad. Aquí, el ganado no es una mercancía, sino una cuenta de ahorros viviente, una red de seguridad y un pilar de identidad.
África es el epicentro de esta tormenta perfecta. Sus pastizales, que hoy sostienen culturas milenarias, podrían reducirse entre un 16% y un desolador 65%, dependiendo del éxito o fracaso de las medidas que se apliquen para frenar las emisiones.
Un enemigo demasiado poderoso
Lo que hace este cambio particularmente desafiante es que no se trata solo de que los pastos sean menos productivos, sino de que el ‘clima familiar’ para el pastoreo podría simplemente desaparecer de grandes regiones.
El ganadero Alejandro Sánchez, de Tresviso (Cantabria). / EFE / Eva García
Los modelos indican que, en África, el cinturón de condiciones favorables se desplazará hacia el sur, hasta que, en algunos lugares, se encuentre con el mar. «Este alejamiento de lo que identificamos como espacio climático seguro realmente pone en entredicho la eficacia de las estrategias de adaptación que se han empleado en lugares como África en épocas de adversidad, como el cambio de especies o la migración de manadas», explica Prajal Pradhan, coautor del estudio.
«Los cambios son simplemente demasiado grandes para eso». La sabiduría ancestral, acumulada durante siglos para lidiar con la variabilidad climática, se enfrenta a un enemigo de una escala distinta, demasiado poderoso
Un círculo vicioso
La presión es ya un hecho presente. Décadas de sobrepastoreo, agravadas por un clima más hostil, han degradado suelos y liberado carbono, en un círculo vicioso que perjudica tanto a la tierra como a quienes la habitan. Frente a esto, surgen preguntas complejas. ¿Cómo se transforma un modo de vida sin destruir su esencia? ¿Cómo se protege a quienes menos han contribuido al problema pero más lo sufren?
Los expertos señalan que, aunque prácticas de manejo adaptativo pueden ayudar, la solución de fondo no puede eludir la raíz del problema. «Reducir las emisiones alejándonos rápidamente de los combustibles fósiles es la mejor estrategia que tenemos para minimizar estos daños potencialmente existenciales para la ganadería«, concluye Chaohui Li.
Vacas de raza avileña negra ibérica pacen el Puerto del Pico (Ávila). / EFE / Juan Luis del Pozo
El estudio, en última instancia, es una advertencia sobre la pérdida de un patrimonio humano inextricablemente ligado a la tierra. No habla solo de porcentajes y proyecciones, sino del riesgo de que se apague una forma de entender la vida, resiliente y sostenible, que ha moldeado paisajes e identidades.
