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Marruecos, en el fútbol como en la geopolítica

«Vuelvan, vayan a la cancha, sean hombres, jueguen y ganen». Esa frase les dijo en el túnel de «La Boutique» de Barrio Jardín, el «Pato» José Omar Pastoriza a los 8 jugadores de campo que le quedaban a Independiente, tras la expulsión de Trossero, Larrosa y Galván. Así lo hicieron, volvieron, jugaron y, gracias a una obra de arte de Bochini, ganaron aquella final del Nacional ’77 contra Talleres. Habían sufrido varias injusticias, pero la forma de rebelarse era demostrando en el verde césped.

Este domingo pasó algo parecido en la final de la Copa Africana de Naciones jugada en Rabat, la capital de Marruecos. Esa final la jugaban el local, a cancha llena, contra Senegal, que ya había denunciado distintas circunstancias adversas por la mala organización. Tuvieron que viajar en tren desde Tánger, no había seguridad al llegar a la estación, se tuvieron que bancar la «presión» de los hinchas marroquíes, también en el hotel, y hasta en el precalentamiento de la final.

Pero en el partido, sucedieron más «cosas raras». Luego de jugar mejor todo el partido, en el minuto 94 le anularon a Senegal un gol lícito, y en el minuto 98 le cobraron en contra un penal inexistente. Ahí fue cuando estallaron los nervios y los jugadores visitantes, incrédulos por las injusticias que estaban sufriendo, decidieron abandonar el campo de juego, a instancias de su técnico. Pero 10 minutos después, el que se puso el traje del «Pato» Pastoriza fue Sadio Mané, el capitán de Senegal, quien convenció a sus compañeros de que había que volver y seguir hasta el final. Y el final estaba muy cerca, porque sería la ejecución del penal y nada más, ya no iba a quedar nada de tiempo. Así y todo, siempre es mejor perder en la cancha y no abandonar, incluso frente a las injusticias.

Luego de más y más dilaciones, se paró Brahim Díaz frente al arquero, el goleador del campeonato y una de las estrellas de Marruecos, frente a Edouard Mendy, el guardametas de Senegal. Díaz tomó corta carrera, y a la orden del árbitro, fue al trotecito y la picó. Mendy se quedó parado y la embolsó sin problemas. Un desenlace absolutamente inesperado, que consta de dos partes. Por una parte, una irresponsabilidad total del jugador de Marruecos. Una falta de respeto a sus compañeros porque en ese penal se jugaban la gloria, salir campeones de África después de 50 años. También una falta de respeto a sus rivales, por todo lo que había pasado, las discusiones y la calentura. De haber entrado la pelota, hubiera sido un golazo, pero también se hubiera tomado como una burla al otro equipo. Y, por último, una falta de respeto a sí mismo, que estaba a las puertas de quedar en la historia como un héroe, y quedará como un villano.

Fueron al tiempo suplementario y al inicio nomás, en un contragolpe la condujo Papé Gueyé y, pisando el área grande, sacó un violento zurdazo que se metió en el ángulo. Golazo que ponía las cosas en su justo lugar, porque Senegal había jugado mejor que Marruecos durante todo el partido. A partir de ahí, todo fue desesperación para el equipo local y el visitante manejó los tiempos, se defendió bien, y pudo aumentar el marcador. Terminó el partido jugando con aplomo, manejando la pelota y en campo contrario.

Todo estaba armado y preparado para que en el estadio Príncipe Moulay Abdallah se consagrara campeón Marruecos, el organizador del próximo mundial 2030 junto a España y Portugal. Hasta estaba previsto que la copa la entregara el rey Mohamed VI, un déspota que gobierna con corrupción y represión pero que, al ser amigo de Estados Unidos e Israel, no recibe nunca ninguna crítica de gobiernos o prensa de Occidente.

El sportswashing es la estrategia de algunos Estados para lavar su imagen a través del deporte, principalmente el fútbol. Y Marruecos tiene mucha suciedad que lavar, sobre todo en lo referente a la ocupación ilegal del Sahara Occidental. Se trata de una ex colonia española que, a la muerte del dictador Francisco Franco, Madrid simplemente abandonó, sin concretar un proceso de descolonización como sucedió en toda África. Eso dio la posibilidad de que Marruecos invadiera el territorio, rico en fosfatos y pesca. La ONU, en varias resoluciones dejó en claro el derecho a la autodeterminación del pueblo saharaui, ordenando la realización de un referéndum para decidir su futuro, un referéndum de autodeterminación que nunca aceptó el ocupante marroquí.

Desde ese momento, van 50 años de ocupación, represión y limpieza étnica, con un pueblo saharaui dividido entre los territorios ocupados y los campamentos de refugiados en Argelia, y una lucha armada por su independencia. La semana pasada, sin ir más lejos, Marruecos impidió la entrada al territorio de una delegación española de defensores de los Derechos Humanos.

Y ese comportamiento en la geopolítica, robándole la libertad a otro pueblo, se trasladó al fútbol, queriendo robar también un título de campeón de África. Por suerte, se hizo justicia poética y esa película con tantas alternativas terminó bien. Hubo incluso, dos protagonistas excluyentes, como en las buenas películas: un villano que estuvo a punto de coronarse injustamente y un héroe que fue el que salvó el sentido de justicia.

El villano fue Brahim Díaz, un grandísimo jugador del Real Madrid, que nació en Málaga de padre marroquí y madre española. Luego de coquetear con la selección española, ante la falta de convocatorias para la selección mayor, se fue con Marruecos. Sobreactuó su decisión, alegó que lo hacía por la sangre y la tradición, pero se notó que lo hacía por resentimiento cuando dijo que sin él España no ganaría nada. Terminó siendo al revés, confiar el penal decisivo a Díaz, le significó a Marruecos una nueva frustración. Igualmente fue el goleador del torneo, pero tener que subir al estrado a recibir el premio en ese contexto, pareció mucho más una tortura que un premio, a medir por su cara.

El héroe fue otra vez Sadio Mané, el mismo jugador que no se compra autos de lujo ni vive en mansiones porque dona su dinero para construir escuelas y hospitales en Senegal. Mané quizá no fue el mejor jugador de la final. Jugó bien, pero puede ser que hayan sido más determinantes Mendy atajando el penal y Gueyé con el golazo que hizo. Sin embargo, Mané fue el héroe sin dudas porque sin su intervención, quizá estaríamos hablando de que Marruecos fue campeón por el abandono de Senegal. Pero no, Mané se plantó, incluso en contra de su director técnico, Papa Bouna Thiaw, y obligó a sus compañeros a volver al campo de juego. No se sabe muy bien qué les dijo en francés, pero seguramente algo así como: «Vuelvan, vayan a la cancha, sean hombres, jueguen y ganen».

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