Se acaba el año y empieza el 2026 con bastante sensación de pesimismo económico y social. No sé si dentro de unos años esto estará catalogado como dolencia psicológica o se tildará de ser facha, pero existir ahora mismo, en una parte de la sociedad, sí que creo que existe. Estamos en la era donde los políticos ya no nos venden bienestar para todos, sino que nos están introduciendo paulatinamente en una vida peor, con menor prosperidad económica y más decadente. En su momento lo llamaron crisis, luego recuperación, más tarde nueva normalidad y ahora transición ecológica o consolidación fiscal. Palabras que siempre envuelven una misma realidad: una factura a pagar por todos los ciudadanos para que una nueva clase, la política mezclada con la mediática, se haga rica. Tampoco es que sea solo una cuestión de dinero, es la sensación de vivir en un momento donde los políticos parecen haber renunciado a pensar y planificar algo mejor por y para su ciudadanía. Se legisla para seguir en ese poder que parece adictivo, mirando a la próxima encuesta, a ver si se puede tergiversar la realidad, a echarle la responsabilidad al otro, a sacar ventaja personal de lo público, parece que ya no se cuida al ciudadano y, lo que es peor, a una parte de la ciudadanía eso no parece importarle; mientras otra parte aparece desencantada en las conversaciones más cotidianas, esas que supuestamente no son de política, pero en realidad todo es política por cómo nos afecta a nuestra vida.
Gente que hace cuentas en la cola del súper, padres que se preguntan cómo van a pagar extraescolares, autónomos que empiezan el mes con la sensación de que trabajan para el Estado, asalariados con un sueldo neto cada vez más bajo por los impuestos crecientes, jóvenes altamente formados que emigran para encontrar un futuro mejor. Y todo ello envuelto en un discurso oficial que insiste en que vamos bien, que el país crece, que el empleo aguanta y que vivimos el mejor momento de nuestra historia. Debe de ser que hay dos países distintos y algunos solo pisan uno de ellos. Al mismo tiempo, parece extenderse la sensación de que da igual lo que hagas, de que las reglas se aplican de forma distinta según quién seas o a quién votes. Un ciudadano corriente no puede fallar una cuota, pero el Estado puede endeudarse alegremente a tu nombre. Un ciudadano no puede equivocarse con Hacienda, pero los gobernantes se permiten el lujo de despilfarrar y luego te miran y te hablan de solidaridad.
Ahora el bienestar se traduce en no poder independizarte y si puedes que sea compartiendo piso hasta los 40, lo llaman coliving; ya no puedes tener coche, no es ecológico; dentro de nada no podrás viajar en avión, será demasiado caro por los impuestos que siguen metiendo; el tren está cada vez más caro y con más cantidad de deficiencias; las listas de espera de la sanidad pública cada vez más largas por la falta de inversión y la presión poblacional; la educación pública en horas bajas, para que aquellos que puedan llevar a sus hijos a la privada marquen las diferencias futuras en este país; las parejas replanteándose no tener hijos porque no saben si los van a poder mantener; la delincuencia disparada, en un país que siempre ha sido seguro; nuestros mayores haciéndonos la cama al resto de generaciones con exigencias de pensiones más altas; cada vez más funcionarios y algunos de estos trabajando el doble porque otros no trabajan nada. Y todo ello en un contexto donde vemos, de forma diaria, cómo una parte importante del dinero que ganamos con nuestro esfuerzo se dedica a pagar y pagar y pagar impuestos que luego se destinan a garantizar el bienestar de solo unos pocos, los que forman esta nueva clase.
Pero lo peor de todo es que se lo estamos comprando en nombre de no sé qué ideología político-social que ni existe ni adoptan, y les está funcionando para mantenerse en el poder y robarnos moral y materialmente. Esta deriva no es un accidente. Tenemos que romper con esta peligrosa y dañina dinámica, con este nuevo (o muy viejo según se mire) modelo político que solo puede mantenerse si estamos entretenidos, con polémicas diarias que duran 24 horas y se sustituyen por la siguiente; divididos, en bloques que se odian lo suficiente como para no fijarse en quién manda de verdad; o resignados, porque sentimos que nada cambia, que vote lo que se vote la factura siempre va en la misma dirección. Sin duda el verdadero síntoma de salud democrática es la incomodidad y reflejarla en las urnas, no el fanatismo.
*Profesora de Economía de la Universidad de Córdoba
