Un análisis sobre la voz de Alan Pauls, su carácter melancólico y su vínculo con la tradición literaria, el tango y la nostalgia romántica.
Hay un pensamiento de la voz que no necesariamente trata de lo que esta dice. Más bien ese pensamiento se relaciona con su aparición, la siempre presente condición fantasma de la voz. Uno podría decir que esa aparición, en algunas ocasiones, es elegancia, distracción ensoñada, hipnosis sonora que lleva a que la voz se recuerde, se vuelva justamente distinción; pero a la vez, que, como tal, la voz suponga la totalidad de quien la produce. Una voz cuerpo, un grano diría Barthes. Rápidamente uno piensa en cantantes, en el tango y en ciertos tangos. Nieblas… Tinta roja… El sueño del pibe… Hasta en la canzone napoletana. Pero no, la distinción de la voz tiene que ver con lo que produce el discurrir del pensamiento, con una voz que escribe al hablar, una voz de la monodia. A diferencia de la voz del bel canto, la voz de la monodia del que piensa, y que al hablar escribe lo que piensa diciéndolo, es una voz que se expande, no que se eleva. Antes que altura, tiene horizonte. El horizonte de la voz es justamente esa voz en movimiento, esa voz del transcurrir donde el pensamiento sucede. Por supuesto, la horizontalidad es su ritmo, un ritmo que, aun en lo frenético -por caso la voz-Fogwill- se conduce por el sobresalto, pero que, sin embargo, muchas veces, opta también por la conducción de lo digresivo. Por cierto, la voz que piensa no es dramática, no es histriónica, es más bien vacilante, cuando no aristocrática. De ahí que pueda sumar un título imaginario al nombre que la encarna. La voz-Pauls, de Von Pauls, es nobiliaria. Pertenece a y viene del pasado. Único lugar del pensamiento. Único lugar que puede asaltar el presente con una estrategia de anacronismo. La voz-Pauls es la voz de la literatura por el simple hecho de que al hablar escribe el aire de lo que impera, pero lo hace con cierto destiempo, con cierta demanda de tiempo. Y es que se recuesta en la distinción del ocio. Como si dispendiara una bula o un título heráldico, esta se detiene para desnudar su cuota de ingenio. Quien la escucha atiende entonces a dos cosas fundamentales, la duración y la arquitectura de lo que dice. Voz de catedral podríamos pensar, ya que una depende de la otra. Voz que resuena en el uso del silencio del pensamiento que logra escucharse, porque el acelere y la incomodidad así lo evidencian. A la larga frase, llena de cláusulas, comparaciones, pero sobre todo llena de instantes de fragilidad, de vacilación o de construcción in situ, le sigue lo terminante del cierre. El fin que llama al punto y que por lo general acaba en un apenas audible tono por encima, o, mejor dicho, que llama al punto que termina con la discreción del no alzar la voz. Y que engaña también, dejando la duda de una continuidad a la que se posterga. A esa maraña de palabras, la voz la ha dotado de parsimonia, detallismos de pronunciación, lentitud exasperante, subterfugios etimológicos que contradicen el sentido de lo que se habla al dejar asomar un atisbo de vanidad. Es entonces una voz que deja oír el hablo y me escucho, soy un espejo melifluo. ¿Pero de qué puede hablar esa voz? ¿Cuál puede ser el tema sobre el que piensa? Y en última instancia, ¿en qué la voz modifica lo que habla, en qué punto escribe el sonido de lo que dice? La voz que piensa es melancólica. Así como llega desde el pasado de la literatura, tiñe todo el presente de nostalgia. Otra vez el tango. Pero no. Se trata de nostalgia romántica, de intuición filosófica antes que queja, se trata de romanticismo alemán sí, pero sin manejo de su lengua. La voz que piensa añora hablar la lengua del pasado, del apellido que la identifica. Es obvio porqué, podría pensar en una voz otra. Vuelve entonces en intentos fallidos. Habita el origen, la ciudad, el barrio en el que se la debería hablar. La voz-Pauls va al encuentro de la lengua alemana, pero el destino le dice acá nadie la habla ya. Esta se sustrae, se vuelve carrera del demonio, huida del derrotado. Y, sin embargo, en la voz escuchamos -cuando se resigna a tener una lección del destino- una languidez que es despedida. “El cosmopolitismo de Berlín atenta contra el alemán para alguien que intentó tres veces aprenderlo”. Adiós-adiós pensar de Sebald, chau-chau clasicismo de Goethe, Tschüss-Tschüss angustia de Kafka. La lección se escucha primero en el origen mismo: en Berlín se escucha cualquier lengua cuando el acercamiento destructivo del idioma es identificado por parte de los nativos, sin duda, los alemanes hostigan con hospitalidad; y luego, la lección se escucha en la despedida del intento fallido: fallar otra vez tiene un borde del ridículo en el que algo se muerde la lengua. Y esto último, la voz lo dice en la elegancia del desgano: “Bah, no aprenderé alemán”. La pasión del fracaso hace entonces que la voz de rodeos explicativos, que en su prolongarse disuelva todo recuerdo, el que por cordialidad se expone, se muestra, se desenvuelve, pero a la luz de darlo a mirar cual joya de una abuela en el exilio. Es decir, casi a puertas cerradas.
