El manifiesto de Palantir Technologies, empresa fundada por Peter Thiel y Alex Karp, propone una fusión acelerada entre gobiernos y empresas tecnológicas, donde la inteligencia artificial se convierte en herramienta central de seguridad y defensa. ¿Qué implica esto para el orden mundial?
Durante buena parte del siglo XX, la pregunta por el poder admitía una respuesta relativamente clara: lo ejercían los Estados. Más o menos legítimos, más o menos democráticos, eran ellos quienes organizaban la vida colectiva, concentraban la coerción y definían el rumbo de sus sociedades. Incluso en los momentos más extremos —cuando la movilización total convertía a la sociedad en una extensión del aparato militar— el centro de decisión era reconocible. La idea de la “nación en armas” sintetizó ese momento histórico. Nacida al calor de la Revolución Francesa y consolidada en las guerras mundiales, expresaba una forma de poder capaz de movilizarlo todo: personas, economías, conocimientos, decisiones. Como advirtió Carl von Clausewitz, la guerra no es sino la continuación de la política por otros medios.
Ese mundo, sin embargo, empieza a resquebrajarse. No porque los Estados hayan desaparecido, sino porque están perdiendo centralidad en la determinación del orden mundial. El poder se ha desplazado hacia un terreno más difuso, sostenido por organizaciones privadas e infraestructuras tecnológicas que atraviesan fronteras, procesan toda clase de información y condicionan decisiones institucionales.
En los últimos días, hemos asistido al manifiesto de Palantir Technologies, una empresa fundada en 2003 dedicada al análisis de datos para gobiernos y grandes corporaciones. Sus figuras más relevantes son Alex Karp (CEO) y Peter Thiel, un poderoso emprendedor con múltiples intereses, fundador de PayPal y reciente visitante de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Con ganancias que superan los 3.000 millones de dólares anuales, Palantir tiene un valor de 250.000 millones (dato de 2025). En los EE.UU. trabaja con agencias clave como CIA, FBI, NSA (seguridad), CDC (control de enfermedades) y el ICE (inmigración y control de aduanas).
El manifiesto de Palantir fue redactado por Karp, doctor en filosofía (se dice en medios europeos que fue discípulo de Jürgen Habermas). Continúa la línea de su libro (best seller en EE.UU.) La República Tecnológica: poder duro, creencias blandas y el futuro de Occidente (2025). Plantea la necesidad de una rápida y amplia fusión entre gobiernos y empresas tecnológicas, donde la inteligencia artificial sea la principal herramienta de organización en materia de seguridad, vigilancia, defensa y geopolítica. En ese esquema, la tecnología se convierte en un nuevo eje de disuasión al servicio de una supremacía occidental que trasciende a los Estados.
El manifiesto reconoce y promueve sistemas capaces de integrar datos a gran escala, produciendo inteligencia operativa para asistir, cuando no determinar, decisiones en todo nivel. Cuando una iniciativa pública en seguridad, salud, infraestructura o actividades privadas (económicas, culturales o sociales) depende de herramientas que el Estado no diseña ni controla plenamente, el asunto deja de ser técnico y pasa a ser político.
La información se convierte en un recurso estratégico. Pero lo más relevante no es la herramienta, sino la lógica que introduce. A diferencia de la vieja movilización estatal, que requería convocatorias explícitas y momentos excepcionales, esta nueva forma de poder opera de manera continua. Organiza conductas. Diseña entornos en todos los ámbitos, desde operaciones diplomáticas o una elección de autoridades hasta una compra de supermercado o la búsqueda de parejas.
En ese desplazamiento, puesto en el llamamiento a Silicon Valley que postula Karp para contribuir a la defensa de una supremacía, se perfila una suerte de “tecnología en armas”. No es una militarización directa, pero casi: la tecnología asumiría funciones, junto al Estado, que históricamente estuvieron centralizadas por éste. El resultado es un orden mundial cada vez más híbrido.
Como señalaba Eric Hobsbawm al analizar el siglo XX, los sistemas internacionales se organizaban en torno a Estados que concentraban poder y lo proyectaban en el plano global. Hoy esa descripción resulta insuficiente. Aquellos conviven y dependen de actores globales que organizan dimensiones centrales de la vida humana.
Las tensiones contemporáneas ofrecen un hilo conductor que vuelve visible esta transformación. La rivalidad entre Estados Unidos y China, con Taiwán como punto crítico; la guerra interminable entre Rusia y Ucrania; el reposicionamiento estratégico de la OTAN y las tensiones internas de la Unión Europea; así como los conflictos persistentes que involucran a Israel y a diversos países de Medio Oriente, no son episodios aislados. En todos ellos, junto a los despliegues militares tradicionales, se vuelve decisiva la disputa por la información, la ciberseguridad, la inteligencia y el control de infraestructuras tecnológicas, en la que empresas como Palantir tienen cifrados intereses. Es en ese plano donde se juega una parte sustantiva del poder en el siglo XXI. La centralización del poder se vuelve más técnica, más difícil de someter a los controles tradicionales.
