La sala está llena. El público, agitado, busca su butaca. Platea “A”, “B”, alta, baja. Fila “n”, “l”, asiento 12, 3. Todos quieren resguardar su zona, intercambiar palabras, repartir ansiedades antes de que las luces mermen y el escenario exponga su narrativa única.
Llego al teatro Comedia un poco apurada. Por alguna razón erré el camino y cuando alcanzo la vereda la fila es larga. Esperaba estar antes, esperaba ocupar mi lugar y sacar algunas fotos, recorrer el crudo de las paredes tras la reconstrucción. Apreciar la escenografía con las luces altas. Impregnarme de ese olor intermedio entre lo que fue y lo que está siendo. Ahora entraré vacilante, pienso, ¿cómo no administré mejor el tiempo?
Pero el comienzo de la función se demora. Encuentro mi asiento. Puedo apreciar el entorno. Llego a leer un cartel que resume todo “Patrimonio, Memoria y Modernidad”.
Estoy ahí para ver “La Ballena”, la obra protagonizada por Julio Chávez a la que se suma un elenco integrado por Laura Oliva, Máximo Meyer, Manuela Yantorno y Cecilia Cambiaso. Escrita por Samuel Hunter y dirigida por Ricky Pashkus, recupera la historia de Charlie, un profesor de literatura con obesidad mórbida que transita en el reducido espacio de su casa lo que parecen ser sus últimos días.
Durante ese breve período persigue reencontrare con su hija. Perdió contacto cuando la niña -una adolescente enojada y esquiva-, tenía ocho años. El relato, con el ojo ubicado hacia atrás, recupera pistas; su amor inesperado con un alumno más joven, Alejandro. La relación liquidó el vínculo con su esposa y su hija, por añadidura, pero también precipitó la muerte de Alejandro. El joven, hijo de una familia religiosa, no soportó el desprecio por su orientación sexual, dejó de comer, murió por inanición. Tras esto, Charlie también tomó la ruta de la comida, pero mediante el ejercicio inverso, comió, tragó, engulló, hasta volverse un cetáceo que apenas puede pasar del sillón al andador, e impartir clases virtuales apañado en la imagen de un paisaje.
Charlie se agita hasta para pedir perdón. Charlie se disculpa muchas veces. Charlie no cree en Dios – a pesar de recibir en su casa, educado y atento, a un predicador-. Charlie sólo se tranquiliza cuando lee, le leen, un viejo ensayo escrito por su hija sobre Moby Dick. Herman Melville le dedica mucho tiempo a la descripción de ballenas, dice el ensayo, pero de lo que en verdad quiere hablar es de la relación entre los seres humanos.
Hasta aquí la historia, a medias, claro, para saber cómo sigue hay que habilitar el tiempo del teatro, porque como señala otro de los carteles que visten las paredes del Comedia: “Siempre habrá teatro”.
¿Pero qué es lo que respira detrás del telón? ¿Qué es lo que anida en el patio del fondo? Y no me refiero al detrás de escena. No estoy pensando en el envés escenográfico. Me interesa reparar en esa cosa que ocurre ahí, cuando en poco más de hora y media, la narrativa encarnada en los cuerpos actuantes se inmiscuye en el cuerpo de los espectadores.
La ballena es un animal marino enorme y lento. Sin embargo, puede dominar las profundidades de las grandes masas de agua. Con su físico gigante desciende al corazón del océano, siente el latido acuoso del mundo. Ahí, donde toda palabra está de más.
En la novela de Melville, Ahab, el capitán del ballenero Pequod, arrastra a la tripulación a la caza de la gran ballena blanca, Moby Dick, quien años atrás le arrancó una pierna. Ahab quiere revancha, pero también medir fuerzas, alguien debe ganar la lucha en la arena donde lo humano y lo animal se entrelazan. Aunque el asunto, y los sabremos desde el principio, no es la furia del animal, ni siquiera la tiranía de Ahab, lo que yace en el fondo -como bien lo destaca ese ensayo al que regresa Charlie-, es una profunda reflexión sobre la respuesta humana a todo aquello que subvierte las lógicas de lo “normal”. Los cazadores pueden matar ballenas, pueden robarle sus gordas sirenas al océano o al mar, pero no soportan que el razonamiento se invierta.
En el relato bíblico sobre Jonás y la ballena -esta también es una referencia a la que apela uno de los personajes de la obra-, Jonás es presentado como un profeta desobediente que al intentar huir de Dios provoca una tormenta. En el mar, en medio de la tormenta, es tragado por una ballena. Durante tres días y tres noches, igual que un Pinocho arrepentido, reflexiona dentro del cuerpo de la ballena. Tras el arrepentimiento la ballena lo expulsa y Jonás está listo para cumplir su misión.
La ballena no es un animal malo. La ballena es un lugar de retiro, casi un templo. Lo que la traducción culpógena del relato bíblico parece mostrar como castigo, bien puede ser presentado como algo distinto. Un territorio silencioso y tranquilo que habilita la salida momentánea del pulso acelerado de la cotidianeidad.
Ni Moby Dick es vengativa ni la ballena de Jonás es sanción expiatoria. El mamífero marino de sangre ardiente, revela en uno y otro caso que no hay pecado que pagar, sino vida que alojar. La vida con sus matices y variantes, sus formas bellas y distintas de agenciar lo ajeno y lo propio. Los humanos -los humanos, sobre todo-, urdimos modales frente a lo que incomoda, ante lo que “no nos cierra”. Aniquilamos las posibilidades de amar, pero hablamos en nombre del amor cuando nos espanta una guerra.
Charlie come hasta reventar. Alejandro perece por no comer. Lo que viene del mundo envenena, intoxica. El desprecio por la orientación sexual de ambos personajes invade los gestos de la comunicación. Negarse a recibir esos gestos o recibirlos sin cuestionar, matan por igual. Las palabras también son alimento.
Estoy ahí, en mi butaca, con las luces bajas, apreciando la agudeza de Chávez, quien enfundando en su traje de gordo terminal administra a la perfección el camuflaje; lo que ha de ser muy liviano suena en su agitación, se vislumbra en su sudor, en su forma de hablar, como una masa de grasa incontrolable convertida en una carga tremendamente pesada. Estoy ahí, decía, y no puedo dejar de pensar en ese hilo que tensa la sexualidad con el amor, el amor con el cuerpo, el cuerpo con la afectividad, la afectividad con el placer, el placer con en el aniquilamiento ¿Qué es lo que fracasa en el hilván para que el brote verde y vigoroso se convierta en un jazmín reseco?
“La Ballena” es una historia sobre los vínculos. Los vínculos entre padre e hija. Los vínculos con los afectos. Los vínculos con aquello que ingresa al cuerpo. Pero, sobre todo, el vínculo entre dos hombres que deciden amarse y son expulsados de un mundo que resuelve lo “anormal” bajo un par de códigos necios.
Cuando salgo del teatro, tras un aplauso enardecido a los actores y un Julio Chavez que saluda varias veces al público y se mueve ahora con agilidad, cuando lo hago, escucho música en la vereda. La gente comenta la obra, se explaya sobre lo que le ha gustado y lo que no. Esperan un Uber o un taxi. Envían mensajes por celular. Y la música.
Un hombre que parece vivir en la calle ha montado con algunos instrumentos caseros un pequeño escenario musical. De ahí viene el sonido. Está sentado en la vereda. Todos oyen, pispean. La música es linda, no hay aplausos ni monedas.
Subo a mi auto, me alejo del teatro, de la música, del hombre sobre la vereda. Miro el celular. Chequeo mensajes. Scrolleo. Es tarde para cenar.
Somos un cuerpo obeso a punto de reventar. Como el de Charlie al finalizar la obra. Pálido y redondo. Frágil. Al límite. A un pulgar del derrumbe.
