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Un paraguayo mató a López

Por Vidal Mario*

Quien realmente mató a Francisco Solano López el 1º de marzo de 1870 fue un teniente paraguayo llamado Sabás Riquelme, no el cabo brasileño José Francisco Lacerda, alias “Chico Diabo”.

Ese episodio marcó el final de la Guerra de la Triple Alianza, horrorosa contienda que había durado seis años y había comenzado cuando el auto-denominado Mariscal ordenó secuestrar un barco brasileño lleno de civiles que pasaba por Asunción, y se agravó cuando un mes después invadió el Brasil con tres mil soldados, cinco vapores de guerra, tres goletas y dos chatas.

En el Museo Histórico Nacional del Brasil (Río de Janeiro), está la lanza que supuestamente aquel cabo usó para ultimar al fugitivo acorralado en Cerro Corá, lo cual es un mito.

Que fue el soldado paraguayo Sabás Riquelme quien realmente lo mató, fue certificado en una escribanía de Asunción, años después, por un grupo de personas entre quienes estaba el arzobispo de Asunción, Juan Sinforiano Bogarín.

Quien promovió la iniciativa de revelar cómo fue realmente la muerte de López fue nada menos que el general Patricio Escobar Cáceres, presidente del Paraguay desde el 25 de noviembre de 1886 al 25 de noviembre de 1890.

Este héroe de guerra y amigo de Sarmiento, herido varias veces en distintas batallas, fue uno de los contados combatientes paraguayos que ese 1º de marzo de 1870 en Cerro Corá vieron con sus propios ojos los minutos finales en este mundo de Solano López, erróneamente encumbrado por decreto de un dictador militar, en 1936, a la categoría de “Héroe Máximo del Paraguay”.

El relato sobre lo que fielmente sucedió con López aquel día fue depositado a fines del siglo antepasado en la escribanía “D. Audibert”, y llevaba la firma de estas personalidades:

Monseñor Juan Sinforiano Bogarín, general Patricio Escobar, cabo Sabás Riquelme, el escritor y poeta Alejandro Guanes, el historiador Cecilio Báez, el historiador Juan E’O Leary, y el famoso artillero paraguayo José María Fariña.

El testimonio

Con gran riqueza de detalles, el testimonio del general Patricio Escobar Cáceres expresaba:

“Debo decir, en honor a la verdad, que la muerte del Mariscal no fue provocada por miembros del ejército brasileño. Paso ahora a relatar aquellos hechos:

A las cuatro de la mañana sonó el clarín en el campamento paraguayo. La verdad es que sonó en vano puesto que ya nadie se acostaba en los últimos tiempos. Pasábamos largas horas en vela, auscultando el silencio de la nada. Pero por ese silencio auscultado que pasamos supimos que aquel era un día especial.

Marzo amanecía, día primero. El Mariscal había llorado. Sí, eso se veía a lo lejos.

A las cinco de la mañana aproximadamente, nos formamos para numerarnos: éramos pocos, muy pocos, seguramente los últimos del Batallón Nº 40. López pasó revista a la tropa y luego pronunció la última de sus proclamas.

Todo hacía suponer el final, incluso su voz cuando empezó a hablar, montado sobre su caballo. Con cada palabra se le crispaban las manos en los recados.

Terminada su proclama –la última de los cientos que pronunciara en vida-, se dirigió a Aveiro y a mí. Dijo: “Presiento el desenlace final. Creo que ha llegado el momento”.

Se acercó a Aveiro, vio los decretos que éste había copiado, y se puso a firmarlos.

Luego, se sentó a una mesa improvisada y se puso a hojear su “Diario de Campaña”. Casi se diría, con melancolía.

Escribió en él algunas cosas y luego dirigiéndose a mí, me dijo: “Vaya a la boca de este punto de piedras, vea lo que ha ocurrido o lo que ha de ocurrir y tráigame noticias lo más pronto que pueda”.

Asentí la orden y cumplimenté de ella; fui hacia la boca de Cerro Corá para ver lo que en verdad estaba sucediendo.

Fue entonces cuando desde esa loma vi cuando se acercaba una carreta que, por la deshilachada bandera paraguaya que tenía y el gran escudo, imaginé sería la carreta del vicepresidente Sánchez.

Cuando decidí bajar de mi lugar de mira, conocido como “Loma Chirca”, vi una gran nube de polvo, que no se hallaba ya tan lejos de la carreta del vicepresidente, y supuse que serían los aliados.

Al poco tiempo vi acercarse a la carreta del vicepresidente toda una procesión de soldados negros y, luego de algún intercambio de palabras, que yo no escuché, vi cuando tiraban un lanzazo hacia la carreta, y, poco después, tiraban al suelo el cadáver del vicepresidente, con un lanzazo en el pecho.

Me contó después don José Falcón, que estaba en la carreta, que era el vicepresidente. Con él había sido el intercambio de palabras.

Contó que se acercaron los brasileños a ellos, que preguntaron quiénes eran, y que don Domingo Francisco Sánchez les respondió: “Soy el vicepresidente de la República, y éste señor –refiriéndose a don José Falcón- es el Director del Archivo Nacional y Ministro de Estado”.

Correo Da Cámara le intimó rendición diciéndole: “¡Ríndase y le respetaremos la vida!”, a lo que el anciano vicepresidente, ensayando una estocada con su espadín de Ceremonial que llaman “coutó”, le respondió: “¿Rendirme yo? ¡Con esta espada, jamás!”.

Fue en ese momento que el cabo primero Francisco Lacerda, apodado Chico Diabo, le dio el lanzazo que puso fin a su vida. El señor José Falcón no hizo ya sino rendirse.

Todo eso sucedió aproximadamente a las nueve de la mañana.

El ejército que asesinó al vicepresidente Sánchez siguió camino hacia el noreste, para encontrarse con Alicia Lynch, que iba en carruaje custodiada por su hijo Juan Francisco López.

Yo no vi lo que ocurrió con la señora Lynch. Ella me lo contó mucho tiempo después de terminada la guerra.

Luego de haber visto lo ocurrido, corrí a comunicarlo al Mariscal, dándole cuenta exacta de la muerte de su más serio ex colaborador.

Pensó entonces el Mariscal: “Si se dirigen hacia el noreste, van a cautivar a Elisa”, por lo que me ordenó: “Escobar, quédese usted conmigo y que Aveiro vaya a ver lo que ocurre con Elisa”.

Cumplió órdenes Aveiro, y se fue derecho a la picada a pie, pues, salvo el Mariscal, ya no teníamos cada uno montados. Yo, por mi lado, me senté al lado del Mariscal en el suelo, y esperamos.

Poco después vimos a Aveiro acercarse jadeante y dijo entre otras cosas que los brasileños persiguieron el coche de Doña Elisa, y habiéndole alcanzado lo hicieron detener, preguntando:

“Si ella era la mujer de López y aquellos chicos sus bastardos”. Ello molestó sobremanera al joven coronel Juan Francisco López, quien tomando su sable intentó matar a uno de los brasileños. Más, cuando intentaron matarle a él, el general Antonio Correa Da Cámara pidió rendición al coronel Juan Francisco López, quien respondió: “Un coronel paraguayo no se rinde jamás”.

Al decir todo eso y matar a uno de los brasileños, un certero lanzazo puso fin a su vida.

Todo eso lo contó Silvestre Aveiro al Mariscal, quien, a punto de llorar, exclamó: “¡Oh, mon Elisa!”.

Pero Aveiro le dijo que a Elisa nadie la había tocado, pues había gritado: “Respétenme, soy inglesa”. Aquello tranquilizó un poco más al Mariscal, pero me dijo que me fuera a la boca de la picada para ver el curso de los acontecimientos. La sensación era que aparecerían muy pronto por allí los aliados.

Fui a la boca de la picada y allí fui testigo de la inmolación del general de división Francisco Roa, el último de los artilleros. Las cosas sucedieron del siguiente modo:

Cinco mil aliados, a las órdenes del general de división José Antonio Correa Da Cámara y el coronel de Estado Mayor, Juan Morán Núnez Da Silva Tavares, sorprendieron al general de división Francisco Roa y a los trece hombres de su regimiento.

La escaramuza duró poquísimo, pues lo más rápido que pudieron liquidaron a los trece desvalidos que componían el “batallón” de Roa, y éste quedó completamente solo.

Más, en un rasgo de valor inusitado, subió “a caballo” sobre su cañón y se puso a tirotear contra los aliados, quienes viendo aquella expresión de valor quedaron atónitos y boquiabiertos. Más, poco duró la sorpresa de los brasileños, quienes lo acribillaron con ganas y con rabia porque, ¿cómo un solo hombre pudo mantenerlos a raya durante media hora?

Falleció el grande Francisco Roa, y su cadáver fue degollado.

Corrí donde el Mariscal para contarle lo que había visto y, luego de ello, él decidió salir a caballo.

Lo del coronel Juan Francisco López sucedió a las diez de la mañana, más o menos, y lo de Francisco Roa a las once y seis en punto.

Exactamente a las doce menos cuarto entraron los brasileños en el anfiteatro de piedra, como a doscientos metros del cuartel general del Mariscal, y a cuatrocientos metros de él.

El Mariscal volvió a grupas en su caballo, despavorido, hacia el río Aquidabán-Nigüí. Más, en cuanto el general de división Antonio Corra Da Cámara avistó al Mariscal, ordenó que lo persiguieran.

El Mariscal cruzó el río Aquidabán, pero luego volvió a cruzarlo hacia los aliados. De frente, le hicieron un tajo en la frente que le produjo una hemorragia.

Dio la vuelta y cruzó de nuevo el río Aquidabán. Al volverlo a cruzar, cayó del caballo, ya completamente ciego. Cayó de bruces en el agua, para gatear y subir de nuevo a la ribera opuesta del Aquidabán, en la parte arenosa. Desde allí gritó: “¡Aquí estoy! ¡Esperándolos desde hace cien años!”.

Recostado sobre las piedras de la ribera del río, volvieron a herirlo con un lanzazo en el bajo vientre, que le produjo una herida profunda.

Centurión y yo estábamos ocultos en los matorrales, detrás mismo del Mariscal.

Fue cuando el general Cámara le intimó rendición, a lo que el Mariscal, agonizante y desangrado, pronunció su frase: “Muero con mi Patria y con la espada en la mano”.

Allí fue que sonó un misterioso tiro de fusil que puso fin a su vida. ¿De dónde vino el disparo? Desde luego, no era del ejército brasileño, sino de los matorrales.

En dichos matorrales estaban las siguientes personas: coronel Silvestre Aveiro, teniente primero Guillermo González, mayor Eduardo Vera, Alférez Cándido Silva, teniente primero Sabás Riquelme, teniente primero Ignacio Ibarra, Juan Crisóstomo Centurión, y yo.

Sorprendidos por el tiro que recibió el Mariscal y que no fuera disparado por nadie del ejército brasileño, Aveiro y yo entramos en los matorrales para averiguar qué cosa ocurría allí, y vimos al teniente primero Solís Riquelme con un fusil en la mano.

Fue allí que nos dijo. “Y cuentave jajuka, porque si no, oguerahamoa umi kamba oyenmohory hese há ombohoryka umi gente paraguaygua pype, ha ndo valei upeva, topyta anga ñanendive”. (“Más vale lo matamos porque, sino, lo van a llevar esos negros y se van a divertir con él, y van a divertir también a la gente de Asunción. Eso no vale. Que el pobre se quede con nosotros”).

Son todavía demasiado recientes los hechos para poder ser juzgados con fría severidad. Más, si alguna vez ha de hacerse el juzgamiento de aquellos hechos, valga a todos saber que al teniente primero Sabás Riquelme no le movió un oscuro instinto criminal, sino una tremenda piedad hacia ese gran hombre.

Así fue el fin del Mariscal, y estos son algunos de mis recuerdos personales sobre aquellos hechos.

Y para que a todos les conste lo que digo lo firmo con el propio señor teniente primero, Sabás Riquelme”.

*(Autor del libro “El Nerón del Paraguay”)

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