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Ser andaluz

Al sur de Europa, donde el continente se estrecha para abrazar al mar, existe un territorio que ha dejado de ser solo una geografía para convertirse en un concepto ético y social. Mañana Andalucía no solo celebra su referéndum de 1980; lo que late bajo el verde y blanco de las banderas es la reafirmación de una identidad vigente que, como reza su escudo se proyecta «por sí, para España y la Humanidad». Un modelo de convivencia, creatividad y rigor científico. A menudo juzgada por el tópico, se revela como una potencia humanista que ha sabido maridar su herencia milenaria con las exigencias de la modernidad.

Andalucía llega a este 28F reconociendo la excelencia de su ser andaluz, que hoy significa pertenecer a una comunidad que no olvida su pasado multicultural para construir una modernidad abierta y solidaria. Una tierra con memoria de futuro. Como decía el filósofo Manuel García Morente, Andalucía es una esencia permanente que sabe evolucionar sin perder su alma. Hoy, esa alma es científica, solidaria y, sobre todo, profundamente humana. Si hay un valor que define el ADN andaluz es la solidaridad no entendida como caridad, sino como una estructura de apoyo mutuo que hunde sus raíces en la historia de un pueblo que ha conocido la emigración y la dificultad. Como bien señalaba Blas Infante, en su obra Ideal Andaluz: «Mi nacionalismo, antes que andaluz, es humano». Esta máxima sigue vigente en una sociedad que lidera los rankings de donación de órganos en Europa, un gesto de generosidad anónima que salva vidas más allá de cualquier frontera.Vocación solidaria que se manifiesta también en su papel como frontera sur de Europa pues Andalucía no es un muro, sino un puente. La capacidad de acogida de sus gentes, su rechazo natural al dogmatismo y su apertura al «otro» son lecciones de humanismo en un mundo que tiende a la fragmentación. Los andaluces han comprendido que la identidad no es una esencia pura, sino un proceso de suma constante del que nos sentimos legítimamente orgullosos. El valor humano del andaluz no es una etiqueta publicitaria, sino una construcción secular. Ese «humanismo cotidiano», esa sabiduría popular que prioriza el encuentro, la palabra y la celebración de la vida. En un sistema global que suele medir el éxito por la velocidad y la acumulación, el modelo andaluz propone una pausa reflexiva, una puesta en valor del tiempo compartido y una inteligencia emocional que el filósofo José Ortega y Gasset ya destacó al describir el «ideal de vida» de estas tierras, ya patente desde el estoicismo de Séneca para quien «el hombre es un ser sagrado», la trascendencia de Osio o la Córdoba de Averroes, que reconcilió la fe con la razón. La cultura andaluza es uno de los mayores activos intangibles de España, y muchos de los elementos que el mundo identifica como «españoles»,flamenco, filosofía o hasta estilos arquitectónicos, nacieron en estas tierras. Con la concesión de las distinciones, banderas y medallas de Andalucía a personalidades y entidades ejemplares, como Adamuz galardonada por sus valores humanos, la sociedad andaluza sigue demostrando esa «sensibilidad de la existencia», una capacidad única para encontrar el valor positivo en la vida. No es resignación, es una forma de resiliencia que se traduce en valores sociales de acogida y pluralismo, pilares que el Estatuto consagra como superiores: libertad, justicia e igualdad.Como resume el lema del escudo: «Dominator Hercules Fundator», Andalucía no solo fue fundada por la fuerza del mito, sino que se mantiene en pie por la fuerza de sus valores, recordándonos que el futuro solo será posible si es, como el alma andaluza, profundamente humano.

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