InicioSociedadSanae Takaichi, la primera ministra 'influencer' de Japón

Sanae Takaichi, la primera ministra ‘influencer’ de Japón

Las recientes elecciones de Japón funcionaron como un referéndum sobre la figura que ha irrumpido como una apisonadora en la esclerotizada política japonesa. El veredicto, tras la campaña electoral más corta de las últimas décadas, fue rotundo. El Partido Liberal Democrático (PLD) se hizo con 316 de los 465 asientos de la cámara baja y recuperó la tranquilidad. La formación conservadora, hegemónica casi sin pausa desde la Segunda Guerra Mundial, se desangraba meses atrás con corruptelas, líderes grisáceos, luchas intestinas, reveses electorales… y entonces le pasó los bártulos a Sanae Takaichi.

Japón se entrega hoy a la ‘sanamanía’ o ‘sanakatsu’, la contracción de su nombre y el término que define la juvenil idolatría por estrellas del pop. Takaichi es carismática y fresca. Junto al presidente surcoreano, Lee Jae-myung, improvisó una interpretación con batería de Golden, célebre tema del grupo Demon Hunters, y le cantó el ‘Happy Birthday’ a la primera ministra italiana, Giorgia Meloni.

Sanae convierte en oro lo que toca. En su primer día en la oficina se acompañó de un funcional bolso negro de piel, bautizado ya como Bolso Sanae, de la marca nacional Hamano. Se vende por unos 800 euros, ha agotado las existencias en sus ocho colores y quienes los encargan ahora no los recibirán hasta agosto. Tampoco es fácil hacerse ya con el bolígrafo rosa de la marca Mitsubishi con el que toma notas en el Parlamento o sella acuerdos internacionales y se han multiplicado las ventas de las galletas con sabor a gamba que zampaba en un tren.

Encanto e inocencia

Su biografía sugiere cierta rebeldía y hoy, a sus 64 años, vibra en la onda de la juventud. Recorrió el país con una moto de gran cilindrada, tocó la batería en un grupo heavy y aún castiga los platos para rebajar la tensión. Junta el encanto y la inocencia con la rudeza del poder y posturas geopolíticas inflexibles en un cóctel irresistible.

No hay precedentes de esta magnitud: su apoyo alcanzaba el 90 % entre los votantes de 18 a 29 años en vísperas electorales. Meses atrás, tras ser investida primera ministra, ya disfrutaba del 77 % en el segmento hasta los 39 años; sus predecesores, Shigeru Ishiba y Fumio Kishida, se quedaron con el 38 % y el 51 %.

La primera ministra de Japón, Sanae Takaichi EUGENE HOSHIKO/ POOL / EFE

El cuadro sugiere una ideología revolucionaria pero Takaichi no fue elegida por el PLD para volar el andamiaje sino para apuntalarlo en tiempos de incertidumbre. Es la más conservadora en una formación conservadora: se opone al matrimonio gay, defiende la ley sálica a pesar de la escasez de varones en la familia imperial y rehúsa reformar una ley del siglo XIX que obliga a los matrimonios a compartir el apellido y que, en la práctica, acaba con el 90 % de las esposas renunciando al suyo. De la primera mujer que alcanza el poder en un país con flagrantes desigualdades de género no espera nada el feminismo. Tampoco Margaret Thatcher, idolatrada por Sakaichi Sakaichi, mejoró la situación de la mujer.

Su revolución, como todas en este siglo, se ha gestado en internet. Se acerca a los tres millones de seguidores en Twitter cuando Yoshihiko Noda, líder de la oposición, cuenta con 64.000. Fue Sanseito, la nueva formación de extrema derecha, la que desbrozó la senda con impactantes mensajes contra la inmigración que calaron en la juventud. Takaichi ha afinado el algoritmo y sus videos electorales en Youtube triplican las visitas de los de Sanseito.

La exposición del trabajo en las redes sociales ya no es frívola sino innegociable y a su rebufo desfila el gabinete. El ministro de Economía, Ryosei Akazawa, expuso su visita en el distrito tokiota de Asakusa junto al jefe negociador estadounidense, Howard Lutnick, y el de Defensa, Shinjiro Koizumi, publicó fotos de su reunión de trabajo con Pete Hegseth, enviado de la Casa Blanca.

Takaichi despunta en la tradición de burócratas plomizos. Sólo Shinzo Abe, su mentor, gozó también de carisma, pero el exprimer ministro asesinado y aún faro de los conservadores se ayudó de su linaje. Tan sorprendente es hollar la cumbre política en Japón como mujer que sin respaldo dinástico.

Takaichi nació en la prefectura de Nara, hija de un empleado de una compañía de coches y una funcionaria de policía, y ha explicado su ascenso desde el esfuerzo. Ha animado a su bancada a “trabajar como caballos” y desvelado su plan de legislatura: “Trabajar, trabajar y trabajar”, dijo masticando las sílabas. Es un mensaje delicado en un país con miles de muertes anuales por agotamiento (karoshi) y con una precaria conciliación entre la vida laboral y la personal que penaliza especialmente a la mujer. Aclaró Takaichi después que no pretendía glorificar el trabajo extenuante y el conato de crisis quedó apagado.

Disfrutan Takaichi y Japón de un romance que sobrevuela cualquier resbalón y defecto. Aplaude el país tanto su figura y como su hostilidad hacia China y la exención de impuestos a la comida. Alertan los expertos que esas medidas populistas tendrán consecuencias económicas graves que podrían enturbiar el clima. Son los amores juveniles, al fin y al cabo, tan pasionales como volátiles.

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