Dijo Marx, Carlos, que la historia se repite primero como farsa y luego como tragedia. Todo, en realidad, está en los libros. Una potencia poderosísima «extrae», como dicen los novísimos, a sus delincuentes y corruptos gobernantes para crear un estado satélite al grito de aquí mis gónadas. Afirman en la tele que todo esto es cosa de la posmodernidad, el fin de los tiempos, la ruptura del derecho internacional sujeto a normas. Paparruchas. Es la ley del más fuerte: o sea, lo de siempre.
Un tipo patético, de peinado estúpido, arrestó a toda la impresentable casa gobernante de una nación soberana venida a menos, para poner a los suyos a mandar generando el miedo en el mundo conocido. El del pelado peculiar era Napoleón Bonaparte (francés, al fin y al cabo), los depuestos eran la familia de Carlos IV (vean esa maravilla que es el retrato de Goya) -una mezcla de idiotas, delincuentes y obsesos sexuales- y al hecho histórico se le llama las Abdicaciones de Bayona. Todo, en dos días de 1808. Ni Delta Seals ni puñetas.
El cabrón del corso -fíese usted de los casi calvos- los hizo renunciar al trono, puso en el lugar a su hermano José y, a cambio, el inmemorial pueblo español se puso chulo, navaja abierta, siguiendo a curas de verbo incendiario y trabuco. La Historia de España, dijo alguien, es la de la gente persiguiendo a una sotana: bien delante, bien detrás. Los que estudiaron BUP recordarán que el común recibió con loas al Borbón Fernando, arrastró a mano su carruaje al volver a la corte y gritó «vivan las caenas» para darle calidad al episodio galdosiano. Las mejores cabezas del país -de las letras y las ciencias- se marcharon al exilio. El eterno retorno.
Los problemas del mundo no pueden sernos ajenos, pero mejor no fiarse de quienes tienen las ideas claras. Si no duda, mejor ni acercarse. Si todo lo que pasa es revolucionario y nuevo, es que no ha leído lo suficiente. Si todo lo ve como una proyección del debate nacional de hoy, sencillamente, es que está usted en presencia de un imbécil que echa de menos la OTI para poder cancelar a gusto. Si considera los liderazgos preclaros como guerra cultural que hacer desde el móvil, aunque sean satrapías, por qué no se mudan inmediatamente y los disfrutan a cuerpo. Qué malas son las dictaduras cuando no son las de los nuestros.
Me quedo con la preocupación honda, cercana y humana de nuestra compañera Fabiola Mouzo, expuesta de forma brillante en estas páginas. Su Venezuela natal tiembla y sus palabras primeras están con sus cercanos, familia y amigos, vecinos del barrio, que están entre la espada de Napoleón y la pared de la satrapía del dictador en chándal. Los únicos inocentes. La cola del pan, el compadre, el antiguo amor que ahora está pasándolas canutas temiendo violencia sobre violencia a costa de ladrones conocidos o por conocer. Ahí están los nuestros.
*Periodista
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