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Destello de civilización

Al verlos avanzar a duras penas, esposados y vestidos con un chándal no escogido, recordamos el final del matrimonio Ceaucescu y, con ellos, la caída del comunismo en Rumanía. Los delincuentes Maduro y Flores han corrido, por el momento, mejor suerte que los dictadores del país de Drácula. Mejor o peor, según se mire.

Cuesta comprender que algunos compatriotas se rasguen las vestiduras porque el Gobierno americano haya entrado en la casa de un sátrapa y jamás se pronunciasen cuando se modificaba una constitución para concentrar el poder, la corrupción se volvía estructural, se expropiaban bienes, se cerraban medios de comunicación, moría un dictador y este legaba el cetro a otro, jóvenes perecían en las calles mientras se manifestaban, el hambre se tornaba endémica, se producía un éxodo masivo, había continuos apagones en un país que se desangraba por dentro y se ocultaban para siempre las actas de unas elecciones robadas. ¿Por qué no apelaban a los derechos humanos cuando permanecían encarcelados durante años Leopoldo López y otros como él? Cuando la dictadura echaba férreas raíces, ¿dónde estaban quienes ahora protestan? ¿Por qué no se lamentan por quienes llevan años sin poder volver a casa, so pena de muerte?

Venezuela no es un país soberano, sino que está secuestrado por un régimen autoritario. Las dictaduras raptan instituciones y, como decía el filólogo Andrés Bello, también corrompen el lenguaje, vaciando de sentido palabras como ‘soberanía’ o ‘democracia’. Cuando esto sucede, desaparece la justicia, para dar paso a la barbarie. Y, según parece, la potencia de esta opaca el horizonte a quienes no son capaces de distinguir a lo lejos un ligero destello de civilización.

*Lingüista

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