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Brasil, en alerta por las derivadas de la intervención de EEUU en Venezuela durante un año electoral

El Gobierno y los militares brasileños comparten por estos días una estupefacción: Venezuela y su destino. El retorno de Luiz Inácio Lula da Silva a la presidencia obligó a las Fuerzas Armadas a dar pruebas de su profesionalidad y soterrar u olvidarse de los arrebatos bolsonaristas. La captura y traslado a EEUU de Nicolás Maduro encuentra a Lula y la cúpula castrense en un punto nuevo de acelerado consenso: no solo por lo ocurrido el 3 de enero en Caracas sino por sus derivadas políticas que por el momento son difíciles de definir para los analistas: ¿Venezuela se convertirá en un «protectorado» de EEUU que viola todas las normas internacionales o en algún momento comenzará la resistencia de una facción del madurismo contra las imposiciones de Washington? Cualquier alternativa es motivo de alarma. No en vano Lula dijo que lo ocurrido con Maduro supuso el cruce de «una línea inaceptable». Y no solo, según el presidente, porque Estados Unidos provocó una «afrenta gravísima a la soberanía» venezolana y estableció un «precedente extremadamente peligroso» a nivel global. La «línea inaceptable» es también figurativa y representa la frontera de más de 2.000 kilómetros que Brasil comparte con su vecino. Los hechos que remecen a la región y al mundo pueden a su vez tener otro impacto político en Brasil. En octubre tendrán lugar las elecciones presidenciales y la derecha, quienquiera que sea el candidato, ha expresado sus simpatías con la Administración de Donlad Trump.

Brasil y Venezuela están separados por una demarcación que atraviesa la selva amazónica y se delimita principalmente por divisorias de agua. Existe un solo cruce vial entre las ciudades de Pacaraima, en el estado brasileño de Roraima, y Santa Elena de Uairén, en Bolívar. Cuando se agudizó la crisis venezolana, a partir de 2017, ese paso comenzó a ser transitado por parte del éxodo general. En la actualidad viven en Brasil unos 300.000 migrantes venezolanos, según cifras oficiales. Los medios de prensa duplican ese número. El 3 de enero se cerró ese cruce pero volvió a abrirse horas más tarde. El Gobierno decidió, no obstante, reforzar la presencia militar con vehículos blindados del Ejército. «Hemos redoblado nuestra atención aquí, en este lugar, con vigilancia, presencia más constante y patrullas durante el día», dijo el general Roberto Pereira Angrizani, comandante de la 1ª Brigada de Infantería de Selva. No se descarta un incremento del flujo migratorio. «Las evaluaciones realizadas en el Palacio del Planalto y en áreas de seguridad indican que la inestabilidad en el territorio venezolano puede generar impactos directos en la región norte de Brasil», señaló el diario carioca O Globo. «Las autoridades brasileñas también ven el riesgo de que la intensificación del conflicto facilite la entrada, a través de la frontera, de personas vinculadas a organizaciones criminales, especialmente al narcotráfico».

Lo imprevisto

La Agencia Brasileña de Inteligencia (Abin) ni siquiera contempló una operación como la que protagonizaron las fuerzas especiales norteamericanas hace una semana. La Abin es también la encargada informar al Gobierno sobre asuntos como el venezolano. Sin embargo, desde el comienzo del tercer mandato de Lula, se encuentra en conflicto con un Gobierno que ha recortado su presupuesto. La Unión de Profesionales de Inteligencia del Estado (Intelis) aseguró estar con las «manos atadas» para «prever y afrontar los crecientes retos a la soberanía brasileña». Lula sospecha que en el interior del organismo todavía hay sectores que responden a Jair Bolsonaro.

Trump se ha jactado de que el «descabezamiento» del madurismo ha «intimidado» a otros líderes de la región. No hizo ninguna mención específica a ningún presidente. El magnate pareció aludir a Gustavo Petro, con quien habló largamente por teléfono el miércoles para reducir la tensión bilateral, pero los analistas políticos no descartan que Lula haya tomado en cuenta seriamente las nuevas amenazas que se perfilan en América Latina a partir de la determinación de EEUU de trasgredir las normas internacionales para disciplinar gobiernos o aspirar a injerencias sin precedentes desde el fin de la Segunda Guerra Mundial que prescinden de la ocupación militar. La autonomía brasileña se apuntala en un orden basado en normas y tratados que crujen.

Las elecciones

La inquietud del Gobierno es doble y convergente. Los acontecimientos en Venezuela y los complejos vínculos de Lula y Trump forman parte de un mismo escenario en un año electoral marcado a su vez por los incidentes de 2025. La balanza comercial brasileña cerró el año pasado con un superávit de 68.300 millones de dólares, un 7,9% menos que en 2024 debido a los aranceles de un 50% que aplicó el magnate republicano a las exportaciones como represalia al juicio que enfrentaba Bolsonaro. El 30% de las ventas del gigante sudamericano tienen a China como destino. Se trata de su principal socio en el BRICS, un bloque que la Casa Blanca observa con irritación.

Los roces se atenuaron tras un encuentro en la ONU y conversaciones posteriores. El expresidente fue condenado a 27 años y tres meses de cárcel y Washington se llamó a silencio. Ahora, su hijo Flavio se perfila como el competidor de Lula en los comicios de octubre. Por el momento, los sondeos favorecen al mandatario. Pero el temor a que las tensiones se reactiven está latente.

Lula ha vetado una ley del Congreso que reduce sustancialmente las penas a los golpistas del 8 de enero de 2023. El bolsonarismo vela sus armas y se encomienda a la ira de Trump en solidaridad con su viejo aliado. La tensión puede recomenzar en cualquier momento.

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