Había un avión preparado para volver a Madrid con sobrepeso en la bodega, llena de bultos con la etiqueta “fracaso”. Sólo faltaba tramitar la lista de viajeros. Después de 176 millones invertidos en fichajes, el primer título para el Atlético había volado antes de hora. Por muy menor que fuera, pero se esfumaba.
Diez refuerzos pidió Diego Pablo Simeone y el Atlético volvió a sucumbir frente al Real. Con gallardía, con injusticia, con desgracia, con todas las coartadas imaginables -la de siempre, «la pelota no quiso entrar», usó Koke- echando por tierra el ilusionante 5-2 de la Liga, breve fanfarria colchonera que duró apenas una semana, efímera ensoñación que no ha servido de nada más que para alimentar la cháchara. En la hora relevante del ser o no ser, el Madrid volvió a imponerse ante el vecino, más fuerte, más poderoso. Y escribió un nuevo episodio en la leyenda del la templanza, del oficio, de la grandeza, del blablabla sustentado en el historial de los fraticidios.
Pitado por Vinicius
Xabi Alonso se marchó derrotado con la victoria, pitado por los aficionados al sustituir a Vinicius. “Hay que seguir siendo autocríticos; ellos jugaron mucho que nosotros y tenemos que corregir esto”, decía su capitán en el campo. Fede Valverde, sobre el mismo césped, con el entrenador ya en el vestuario y Florentino Pérez en Madrid, barruntando en qué momento y por quién va a despedirle mientras el equipo reitere la imagen que da desde hace semanas.
“Te va a echar Florentino. Acordate, te va a echar Florentino, acordate de lo que te digo”, chilló Simeone. No a su colega, sino a Vinicius, que corría por la banda. Antes de que pueda o no suceder, Alonso volvió a sustituir al brasileño, que sumó el decimoquinto partido sin marcar, y sin presionar en la fase defensiva, como le exige. Ganó el Madrid, sin embargo, el derecho a recuperar el título que perdió el año pasado, cuando acudió pletórico y eufórico, marcó Mbappé y la autocomplacencia le condujo a embolsarse una tunda de cinco goles de un Barça que ya los ha marcado en la semifinal sobre el Athletic Club.
Simeone se escudó en el códido de evitar las explicaciones a los malos comportamientos y Valverde le secundó. «No todo vale», criticó Alonso, que en esta ocasión tiraba la piedra y escondía la mano, acusando implícitamente a Simeone.
22 disparos
Un minuto y segundos, y el Atlético recibía un golpe del que no se recuperó en una hora y media, por más que disparara 22 veces al marco de Thibaut Courtois, a un Madrid que acabó reventado, sustentado por retales y pedazos, agonizando pero vivo, fiel agarrado al hilo de entereza que le permite resistir hasta el límite. Con el instinto de supervivencia y sufrimiento que no caracteriza a Alexander Sorloth, tan robusto y tan grande y tan miedoso que se puso de perfil, literalmente, reduciéndose a la mitad para ahorrarse un balonazo, dejando pasar la bola que iba a condenarles.
Agravó Sorloth la fatal alineación de la barrera de Jan Oblak, propia de un alevín que ha aprendido a colocarlas mirando por la tele. Por la tele verá el Atlético la final más reiterada y repetida de la Supercopa en cualquiera de sus formatos. En el árabe, por cuarta vez consecutiva para deleite de los saudís, los inversores y los aficionados, que no tienen otros colores que el blanco y la combinación azulgrana, y en el español en la antigua competición a doble partido.
Aurelien Tchouaméni y Antonio Rüdiger, durante del partido contra el Atlético. / STR / EFE
Sin ariete y sin centrales
El derbi fue un despropósito del que no fueron ajenos los entrenadores. Ninguno eliminó las sospechas que provoca, la desconfianza sobre su real capacidad para maniobrar durante el partido. Simeone retiró a Sorloth, el autor del gol cuando necesitaba otro para empatar y el Madrid se quedaba centrales en el campo. Alonso retiró de golpe a los dos. A Asencio y a Rüdiger. Uno estuvo mal y el otro, peor. Mientras, Dean Huijsen, el fichaje más caro del mercado español (62,5 millones), calentaba por la banda, junto a Franco Mastantuono, 45 millones del ala, que salió al final para que Mateo Busquets Ferrer mirase el reloj.
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